lunes, 1 de enero de 2018

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El fracaso no es un instante.
No es el momento en el que se comete el error y las cosas salen mal.
No es el tiempo que transcurre entre que todo marcha bien y que ya nada funciona.

El fracaso es un estado.
Es volver a casa con las manos vacías y el corazón roto.
Es esperar a que todo se arregle sin hacer nada al respecto.

El fracaso es volver atrás sin saber porqué se está retrocediendo.
No ser capaz de enmendar los errores.
No atreverse a dar un paso necesario.

El fracaso es nacer con ello y jamás arreglarlo.
Saber que el fallo está en uno mismo y soportarlo.
Saber que soportarlo implica repetir ese mismo fallo.

Fracasar es creer en orgullo, alimentarlo y cuidarlo.
Preferir el dolor al esfuerzo.
Preferir la sinrazón a la disculpa.

Fracasar es empezar algo sin tener nada.
Dejar atrás lo esencial sin dejarlo nunca.
Olvidar lo importante aún sabiendo que jamás se olvidará.

El fracaso es cada cabezazo contra el muro.
Cada grito reprimido.
Cada palabra que queda sin ser pronunciada.

No pedir disculpas.
No dar explicaciones.
Darlo todo por hablado.
Darlo todo por supuesto.
Considerar el silencio un empate.
Y el empate una victoria.
Cuando la victoria es el fracaso.

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