martes, 24 de abril de 2018

Un fragmento de conversación


Una persona sentada a mi lado saca un paquete de tabaco y se dispone a encenderse un cigarrillo, pero justo antes me mira y me dice:

-¿Te importa si fumo?
 
-Pues… un poco sí, la verdad.

-Ah, entonces no fumo. Soy una persona muy respetuosa y no me gusta molestar a quien tengo al lado.

-Muchas gracias.

Se guarda el paquete de nuevo y me mira otra vez.
 
-¿Sabes una cosa?

-No.

-Yo no quiero fumar. Me gustaría dejarlo pero no puedo.

-Ya. Es una adicción difícil de dejar por eso de la adicción psicológica y tal…

-No es eso. Es que si no fumo me entra ansiedad. Y cuando tengo ansiedad me cambia la personalidad y hago cosas que no quiero hacer pero no lo puedo evitar porque soy otra persona. Otra persona mala. ¿Sabes?

-…entiendo.

-Y al final me tienen que llevar a la residencia a que me den la medicación para volver a ser yo.
-…pensándolo bien… No me molesta tanto el humo del tabaco.

-¿No? ¿Puedo encenderme uno?

-Por supuesto. Faltaría mas.

martes, 10 de abril de 2018

De realidades y terraplanistas


Saludos queridos amigos. Hoy os traigo una reflexión acerca de un tema que parece preocupar mucho a un importante sector de la población pero que a mi me la resopla tanto que creo poder aportar un punto de vista objetivo y neutral sobre ello. Pasad, sentaos junto al viejo (cada vez mas) Capdemut y escuchad esta triste a la par de que esperanzadora historia acerca de la FEAS (Flat Earth Society) o Sociedad de la Tierra Plana.


Resulta que hace mucho. Pero mucho mucho, aunque no tanto si nos ponemos a pensar, tomó fuerza el concepto de que la Tierra, nuestro planeta, era en realidad un disco apoyado sobre cuatro elefantes que… No, un momento que me equivoco de disco… Un disco decía, con el centro en el polo norte y con la parte sur delimitada por un muro de hielo y que flota en el espacio dentro de una cúpula de aire rodeado a su vez por los cuerpos celestes que podemos ver a simple vista. Tal teoría no es fruto de ninguna investigación científica si no fruto de las fantasías de religiosos, curanderos y chalados varios por lo que durante muchos años se trataba de algo marginal y sin incidencia alguna sobre nuestra sociedad… Hasta que llegó internet.
Y es que si algo bonito tiene internet es la capacidad de unir a los pirados, alimentar sus paranoias y lograr que lleguen a autoconvencerse de que llevan razón, y eso es justo lo que le sucedió a un señor llamado Charles Johnson quien basándose en el mapa de las naciones unidas (en el que la Tierra es representada desde arriba y parece un disco) comenzó a bombardear la red con sus teorías y logró que la FEAS creciera hasta convertirse en algo tangible.
Charles Johnson murió pero su idea siguió viva aunque es difícil saber hasta donde los miembros de esa sociedad hablan en serio o en broma. Aquí y allá aparecen como setas alucinógenas afirmaciones, teorías, ideas y como no, discusiones sobre la forma de nuestro planeta, aunque realmente no es difícil demostrar que se trata de una esfera: Fotos y videos desde el espacio, la sombra de la Tierra en la luna, viajes alrededor del globo, la inexistencia de pruebas visuales de que exista el muro de hielo… Pero cada intento de los científicos por probar que la tierra es una bola no hace mas que alimentar la polémica de todo es una conspiración del gobierno y fortalecer a los de la FEAS, que cada vez cuentan con más miembros. ¿Mi conclusión final? ¿De verdad queréis saberla? Pues allá va:

Mi conclusión final es que me la recontrarrepela la forma que tenga la Tierra. Sea esférica, plana, triangular o no euclideana, con flecos o con volantitos de encaje de bolillos… Son las siete de la mañana y llevo media hora delante del ordenador escribiendo para un medio que no me otorga ningún beneficio más que algunos comentarios de personas que no conozco y a pesar eso ésta es mi única satisfacción ante un día que va a consistir en una jornada laboral de doce horas y del que terminaré reventado pero con cien mil millones de tareas por realizar en casa, donde la palabra “descanso” no existe. Me la suda la Tierra.
¿Qué más da si los mares que llenamos de plástico pertenecen a una esfera o no? ¿Si el aire que contaminamos está contenido en una cúpula o no? ¿Si los bosques que masacramos forman parte de un plan conspiranóico o no? Sea plana o redonda, es un cementerio que dejamos en herencia a nuestros hijos.
Pero claro, es muy divertido reírse de los terraplanistas, incluso unirse a ellos para reírse de los que se les oponen. Es muy divertido reírse de lo que sea para no fijarse en lo que se nos viene encima mientras miramos hacia otra parte y nos morimos lentamente creyendo que poseer la verdad nos va a hacer libres, interesantes o simplemente nos va  a dar algo de presencia en un mundo que plano o no, da pena y asco a partes iguales. Ale, ahí lo dejo. Joder.

..


Una vez mas tropiezo en la oscuridad.
Llego tarde como siempre, cuando la fiesta ya ha terminado y las luces se han apagado.
Busco alrededor tratando de encontrar algo a lo que aferrarme.
Pero nada queda de lo que una vez me sirvió de asidero.
Salgo a la calle para encontrarme sumido en la noche.
No hay luna que me ilumine ni estrellas para guiarme.
Estoy solo una vez más y solo me queda el futuro.
Para soñar que cambia mi suerte y encuentro el camino que perdí.
El que dejé atrás sin siquiera sospechar que borraría mis huellas.

martes, 20 de marzo de 2018

De koalas y convencionalismos antropológicos




Como todos y todas ya sabréis, nuestra sociedad se mueve a base de modas. Algunas son cosas superficiales, como la de vestirse de adefesio en los ochenta o el teñirse el pelo de amarillo pollito cuando el primer Gran Hermano y suelen escapar de cualquier discusión con esa frase de “es que a mi ya me gustaba de antes”; pero hay otras modas que afectan a lo más profundo, a las ideas y principios de cada uno, haciendo que ciertas cosas afloren con mayor o menor facilidad. Y si hasta hace poco lo que molaba era decir cosas como “todas las personas somos iguales independientemente del color de piel” ahora mismo y tras la tragedia sucedida en Nijar y los disturbios de Lavapiés, la frase más escuchada en las calles los medios y los bares es “yo ya sabía que había sido la negra” o “es que ya son mas de los suyos que de los nuestros” y ello, con el apoyo de los poderes fácticos ha hecho que el racismo vuelva a estar de moda y cuando se acusa a alguien de ello te responda “es que yo ya era racista de antes”. Si señores. Si señoras. Esta sociedad no deja de sorprender buscando excusas hasta debajo de las piedras para ser más insolidarios, intolerantes, irrespetuosos y mezquinos cada vez. ¡Bienvenidos al mundo del mañana! Pero no nos emocionemos que esta entrada va en otra dirección.

Como ya sabréis si sois habituales de este blog o incluso si tenéis el infortunio de conocerme en persona, soy un gran defensor de las palabras, de la correcta dicción y me gusta guiar a mis conocidos y no tan conocidos por el verdadero camino del lenguaje bien utilizado y es por ello que ante esta avalancha de racismo que no puedo hacer otra cosa que escribir para aclarar algo que quizás el grueso de la población (y con ello no me refiero a un gordo en concreto si no a la gente en general), no sepa. Y mi reivindicación no es otra que la de utilizar bien la palabra racismo. Vamos a ello.

Según todos los expertos en antropología, también llamados “antropologos”, subdividir la especie humana en razas es un error, ya que genéticamente todos somos idénticos (si, si, ya lo sé, esa peli porno que viste el otro día no decía lo mismo, pero eso son detalles casi sin prácticamente demasiada importancia), por lo que no existen razas dentro de nuestra especie y autodenominarse racista es, por lo tanto, un error. Yo, por ejemplo soy racista. Racista de verdad. Racista de los buenos. Y es que yo odio a los koalas. Esos putos monitos orejones de mierda. Os lo explico:

Los koalas parecen inofensivos si los miras así de refilón. Viven en sus árboles, comen hojitas y si los agarras te abrazan con cariño. ¿No es así? Pues no. Los Koalas tienen una mirada cruel, impasible, oscura… Sus ojos son pozos insondables de maldad y esperan pacientemente, ocultos bajo esa apariencia inofensiva, a evolucionar un poco más y despedazarnos con sus abrazos estranguladores y sus garras aceradas +2 al GAC0. La misma naturaleza nos avisa, ya que la ingesta de hojas de eucalipto en los seres humanos provoca nauseas, vómitos, epilepsia y contiene una neurotoxina que en dosis altas causa muerte permanente no revisable. ¿Qué esperar de un animal cuyo sustento básico es veneno para nosotros? Pues eso. Son el mal. Nuestros sustitutos como especie dominante en este planeta. Odio a los koalas y puedo asegurar que si por el motivo que fuera tuviese que irme a vivir a Australia, me daría mucha ansiedad.

Y volviendo al tema anterior para ponerle fin a esta entrada que ya se me hace larga (como el de la peli porno de antes), comentar que cuando queráis mostrar vuestro desprecio hacia aquellos y aquellas con otro color de piel, religión, idioma o cultura, la palabra a utilizar sería “etnocentrismo”, que se utiliza menos porque hasta ahora se solía sustituir por “ser gilipollas” y éstos, faltos de capacidad para aprender palabras nuevas, sustituían por “racismo”. Así que ya lo sabéis. Cuando os pongan a alguna persona de otra nacionalidad/ color en la tele culpable de algún delito por común que este sea y aunque el porcentaje de crímenes cometidos por personas parecidas a vosotros sea muchísimo mayor, decid “yo ya lo sabía porque ya era gilipollas de antes”. De nada.

sábado, 10 de marzo de 2018

De distopias y bollitos rellenos





Dicen que caminar es uno de los ejercicios mas sanos que existen, además de uno de los grandes placeres infravalorados de esta vida; es por ello que yo añado que si a la vez que caminamos nos comemos un buen pastelito de chocolate, mejor que mejor. Y fue a causa de esta filosofía que ayer mismo mientras regresaba de una de mis peregrinaciones a librerías para comprobar que mi libro definitivamente no se vende, me topé con una panadería que me llamó la atención. En su interior se exhibían cual prostíbulo del azúcar, dulces de toda índole y forma. Atraído por el aroma a hipoglucemia entré y de entre toda la variedad (cruasanes, pasteles, bollos, rosquillas…) me fijé en un pastelito no demasiado grande pero recubierto con una fina capa de chocolate. Me gustó pero no me precipité, si no que le pregunté a la bella dama de detrás del mostrador cuales eran sus características.
-¿Lleva chocolate también por dentro, o SOLO por fuera? –le dije dejando claro que no aceptaría un bollo sin chocolate por dentro.
-No, don caballero lleva solo por fuera– me respondió ella un poco asustada pero sin perder la exquisitez de su educación-, pero puedo rellenarlo.
-¿Cómo?
-Rellenarlo.
-¿Así de fácil?
-Claro. Esto es una repostería y tenemos instrumentos diseñados especialmente para tal cometido –me explicó.
-En ese caso no veo porqué no deberías rellenármelo.

Y así la chica se hizo con el bollo señalado sabiamente por mi índice, que es mi dedo mas goloso y experto en el tema y se lo llevó hacia dentro, pero antes de que desapareciera por completo le pregunté si podía acompañarla a presenciar tal milagro a lo que ella, tras mirarme de arriba abajo y seguramente verme demasiado débil e incapaz de hacerle ningún daño, accedió.

La máquina de rellenar bollos recordaba a un telescopio gigantesco adosado a un depósito de chocolate líquido a una temperatura diez grados superior a la ambiente. Su parte superior rebasaba el techo de la sala, que se abría en una cúpula acristalada desde la que se veía Casiopea de una forma bastante clara para ser media tarde y la inferior terminaba en un émbolo que supuraba chocolate. Ese extremo fino como una aguja de anestesiar cabras silvestres para sus habituales chequeos veterinarios se introducía en una cápsula estanca a baja presión en la que la chica depositó el bollo listo para la rellenación.
-Métete en la sala de seguridad y colócate las gafas de seguridad, los guantes de seguridad y la bata de seguridad –me dice casi como una orden. Parece que se ha puesto seria.
-¿Si todo era de seguridad porqué lo has dicho tantas veces en lugar de poner comas? –trato de bromear con ella para distender los ánimos.
-Porque tengo mala ortografía hablada –me responde mientras acciona los mandos del dispositivo.
La máquina empieza a emitir sonidos y a activar paneles y medidores. El depósito comienza a burbujear y lentamente el chocolate desciende desde la parte más alta hacia el punto estrecho del aparato. El bollo comienza a adquirir una forma mas redondeada.
-¿Está bien así? –me pregunta – Este es el nivel de relleno estándar para un bollo de estas características y supone la ración recomendada por todos los especialistas.
-¿Se puede mas?
-Si, pero…
-Pues dale caña al émbolo, nena.
Mis palabras parecen devolverle el humor y acciona una palanca que hace que de la parte superior unas turbinas dejen escapar sibilantes chorros de vapor. El chocolate se introduce en el bollo que cada vez está más terso y brillante.
-He duplicado la cantidad de relleno –me dice satisfecha. –Cualquier nutricionista a la vista de este bollo se vería obligado a huir al máximo permitido por su movimiento y de no poder escapar, sería destruido.
-¿Se podría mas?
La chica se queda en silencio, me mira a través de los cristales empañados de sus gafas protectoras y me sonríe.
-Quizás otras reposteras no podrían, pero yo puedo intentarlo.
-Hazlo o no lo hagas… -comienzo a decirle.
-…pero no lo intentes –termina ella.
Levanta un panel cubierto con una tapa con señales de advertencia y comienza a accionar conmutadores. Una serie de luces se encienden una tras otra creando una línea cromática preciosa y la máquina vibra violentamente. El zumbido inunda la sala mientras el bollo se hincha peligrosamente.
-Ponle un poco mas y ya está –le digo.
-¡Que! –grita ella entre el ensordecedor ruido del chisme.
-¡Que le pongas un chorro mas y ya estará bien!
-¡De acuerdo, pero si nos pasamos podríamos crear un agujero neg…

Y de pronto la realidad se pliega sobre si misma, el tiempo se desvanece y la galaxia entera es absorbida con la implosión del bollo, que colapsa el tejido espaciotiempo con su densidad chocolatera. Todo se va a tomar por culo excepto yo que en mi cámara de seguridad contemplo como el universo se desintegra y reintegra de nuevo, expandiéndose a una velocidad de vértigo y volviendo a tejer la realidad ante mis sorprendidos ojos.

La repostera me entrega mi bollo con un relleno ridículo y le pago. Salgo a la calle y no tardo en darme cuenta de que la realidad ha cambiado. Banderitas en los balcones, gentes absurdamente felices llevando camisetas blancas atadas al cuello… No es apreciable en la calle, pero cuando llego a casa y pongo la tele es cuando descubro la diferencia. El mundo tal y como lo conocía ha sido desintegrado y retransformado en un presente distópico en el que los humanos no eligen a sus lideres entre los mas cualificados inteligentes y capaces si no todo lo contrario. Los discapacitados que gobiernan el mundo en esta realidad son aplaudidos y vitoreados incluso cuando toman  las decisiones más absurdas, injustas y retrógradas posibles. Las escasas personas que se libran de tal característica luchan en vano contra los grandes medios, los cuales los vilipendian y les sofocan con titulares absurdos pero que parecen calar en la gran población idiotizada, que ve con buenos ojos que metan en la cárcel a los artistas y opositores al régimen que ellos mismos han elegido. 
Definición gráfica de la realidad social.

No sé donde iremos a parar… aquí a cualquier cosa lo llaman relleno.





jueves, 1 de marzo de 2018

De hormigas y Norah Carter



Habréis notado, oh fieles y abnegados lectores, que el blog se está actualizando menos últimamente. Los que todavía conserváis algo de fe en mi pensaréis que estoy trabajando duro en mi próximo libro, el cual me catapultará por fin a la fama y con ello podré dejar de escribir en este infecto lugar, pero lo cierto es que no. Escribo menos porque tengo hormigas en el escritorio y cuando me siento a ser productivo pierdo el tiempo espolsándolas.
 
Para que veáis que es verdad
Al principio pensaba que venían en busca de comida pues es lo normal en estos bichos. Solía almorzar delante del ordenador y eso implicaba mollas de magdalena (ahora fragmentos de muffin), trocitos de galleta, gotitas de leche con colacao que se me salen a veces por la nariz… Así que me tomé en serio el tema de la limpieza y dejé la mesa y sus aledaños como los chorros; además dejé de comer aquí y si lo hacía era bajo una estricta supervisión de residuos móllicos, pero ni así. Las hormigas seguían apareciendo, cada día, en cada momento. Las mañanas, que hasta ahora consistían mi único momento productivo se perdían quitándolas de mi zona de trabajo (yo no las mato pues soy pro vida aunque como carne y me dan igual las cabras esas que se mueren cuando compramos aguacates) y cuando quería darme cuenta ya se había agotado mi tiempo de asueto.

Comencé a preocuparme. Si no era comida… ¿Qué otra cosa podrían querer esos insectos himenópteros? Decidido a llegar hasta el fondo de la cuestión, comencé a observar sus hábitos. Al contrario de lo que suele suceder, esas hormigas no se movían en fila india si no que parecían actuar por libre, cada una a su puto gáser y tal comportamiento me intrigaba. Finalmente y tras varios días de seguimiento intensivo logré descubrir algo extraño: ninguna de esas hormigas parecía interesada en la comida; de hecho la ignoraban cuando se la ponía como cebo. En cambio, deambulaban entre mis papeles, el teclado y la impresora. Parecían atraídas por las letras, sin duda, así que me fijé en una de ellas que se había metido entre unos relatos impresos, la esperé sin molestarla y pude ver como se hacía con una letra S y se la llevaba hacia su nido, seguramente. La seguí sigilosamente hasta una pequeña oquedad tras mi escritorio en la que varias de sus compañeras arrastraban letras impresas o virtuales, acumulándolas con vete tu a saber qué motivos. Me sentía profundamente inquieto así que decidí averiguar qué pasaba ahí dentro.

Afortunadamente todavía guardaba una microcámara de un colonoscopio que el médico se olvidó en mi última exploración y tras aclarar un poco la lente, la introduje en el hormiguero. Al principio solo veía hormigas asustadas ante el nuevo invasor pero lentamente fui adentrándome en las galerías inferiores donde guardaban varios folios extendidos, los cuales supongo que introdujeron dificultosamente bien enrollados y en ellos iban ordenando las letras. Gracias a la tecnología rectal pude leer un fragmento de una de ellas y decía así:

Es el silencio la única flor
que horada la tumba
y busca la pérdida
y anhela el pasado
parecido a una oruga
como hormiga pisoteada
como flor bajo el zapato
como hombre
barrido por el viento
.”

Mi sorpresa fue mayúscula cuando recité ese poema escrito en prosa de excelente manufactura. ¿Pero cómo era posible? Quizás esa colonia viéndose saciada a nivel alimentario habían decidido, utilizando su inteligencia comunitaria dedicarse a otros menesteres ¿Podría ser que la proximitud de mi estudio las hubiese imbuido de cierta curiosidad y ello a aprender a escribir? En cualquier caso la perfección del poema era tal, que sin ninguna duda me habían superado a mi, su mentor, su maestro… Turbado seguí leyendo:

Yo he sabido ver el misterio del verso
que es el misterio de lo que a sí mismo nombra
el anzuelo hecho de la nada
prometido al pez del tiempo
cuya boca sin dientes muestra el origen del poema
en la nada que flota antes de la palabra
y que es distinta a la nada que el poema canta
y también a esa nada en que expira el poema:
tres son pues las formas de la nada
parecidas a cerdos bailando en torno del poema
junto a la casa que el viento ha derrumbado
y ay del que dijo una es la nada
frente a la casa que el viento ha derrumbado:
porque los lobos persiguen el amanecer de las formas
ese amanecer que recuerda a la nada;
triple es la nada y triple es el poema
imaginación escrita y lectura
y páginas que caen alabando a la nada
la nada que no es vacío sino amplitud de palabras
peces shakespearianos que boquean en la playa
esperando allí entre las ruinas del mundo
al señor con yelmo y con espada
al señor sin fruto de la nada.
Testigo es su cadáver aquí donde boquea el poema
de que nada se ha escrito ni se escribió nunca
y ésta es la cuádruple forma de la nada
.”

Esta segunda lectura me dejó todavía más asombrado que la primera. ¿Acaso me encontraba ante una forma superior de literatura que había aprendido del humano para llegar a un nivel suprahumano? ¿Acaso eso era la prueba irrefutable de que...? Pero un momento… ¿Cuádruple forma de la nada? Eso me sonaba. Me recordaba a… ¡Leopoldo Maria Panero! ¡Era un plagio! Las hormigas comenzaron a correr desesperadas, avergonzadas por mi descubrimiento, desordenando las letras de nuevo y tratando de componer nuevos y originales versos que ni siquiera pasaban de mediocres. Estúpidos insectos… No se puede rimar con diminutivos… Y así sellé con silicona su agujero dando por terminada esa absurda distracción.

..



Un instante para recordar,
para regresar al olor, el color, la razón de seguir estando aquí.
Un momento para continuar,
un pequeño alto en el camino para respirar.

Para liberarme del peso de saber que te dejé atrás.
Para sonreír sabiendo que siempre habrá un lugar.

Solo un paso a veces difícil de andar,
separa lo que es de lo que debería ser.
Solo un gesto sin aparente valor,
para regresar al olor, el color y la razón de seguir aquí.

sábado, 17 de febrero de 2018

De celos y flores de jazmín.




Como la anterior entrada al final resultó ser un burdo remake de otra publicada dos años antes, tras mucho deliberar he decidido contar algo original en ésta. No solo original si no algo que me sume en tan profunda vergüenza que no pensaba sacar jamás a la luz. Pero voy a hacerlo precisamente para recuperar mi honor como bloguero tras la pifia anterior. Así que pónganse cómodos, damos y caballeras porque comienza el relato que jamás debió ser contado; el episodio más extraño en el que jamás me vi sumido (más incluso que aquella vez que creé un gusano mutante que destruyó el mundo); voy a contaros cómo una vez me confundieron con la amante de mi jefe.


Contaba yo con 21 añitos. Tierno, rosado, redondito, imberbe… O quizás nada de esto pero sí con una larga, rizada y rubia melena. Eso no lo puede negar nadie. En esa época yo me dedicaba la jardinería y trabajaba en lo que cayera en mis manos: Ayuntamientos, parques naturales, empresas privadas… Hasta que me contrataron para suplir la baja de una monitora de un centro para personas con discapacidad (ahora capacidades especiales, pero estoy hablando de hace casi veinte años así que utilizaré las nomenclaturas de la época) cuyo compañero era un tal J. Si. Se llamaba como yo.
Ese tal J me sacaba diez años y no era un hombre que destacara por cuidarse. Estaba regordete, un poco calvo (eso no era su culpa) y desaliñado… pero como no le comenté nunca las impresiones que tenía respecto a su persona, nos hicimos buenos amigos. Ambos compartíamos una visión parecida acerca de la profesión que desempeñábamos, ambos compartíamos los pormenores de un trabajo harto estresante como monitores y así surgió la idea de trabajar por nuestra cuenta haciendo horas extra los fines de semana como jardineros freelancers. 

Él se asignó el papel de jefe al ser el que invertía el 100% de la pasta para el negocio (vehículo, maquinaria, gastos…) y yo me limitaría a seguir ordenes y cobrar una cantidad fija por hora. Y todo iba bien durante las primeras semanas hasta que me habló de su novia. 

Resulta que la novia de J era una chica muy celosa. Eso no debería haberme importado lo más mínimo en un principio, pero como trabajábamos con el vehículo habitual de J y teniendo en cuenta que a un ser humano normal se le caen una media de 50 cabellos al día, su novia solía encontrar alguno de mis rizos dorados en el asiento del copiloto de J, sospechando que éste tenía una amante. A mi esa historia me pareció del todo insulsa, por lo que la olvidé, pero para J se estaba convirtiendo en todo un problema, por lo que decidió forzar un encuentro casual con su novia, para que ésta comprobara que el origen de tales cabellos no era otra mujer. 

Me comentó que teníamos que pasar por su casa a recoger algo que se había olvidado y dejó la furgoneta aparcada conmigo dentro en la puerta. A esa hora llegaba puntual su chica y él pensó que al verme la cara, todas sus dudas desaparecerían, pero no contó con que ella no vendría de cara…
Y ahí estaba yo, esperando, sin poder mirar el móvil porque no existían todavía tales aparejos, cuando de pronto una mano fina y delicada pero imbuida con la fuerza de cien jabalises salvajes me agarró por el pelo y me sacó por la ventanilla de un tirón al grito de “¡Zorra!”.

Así recuerdo yo la escena. Más o menos.
Apenas pude reaccionar. Bofetadas, tirones, arañazos, patadas… No entendía el porqué de esa agresión y lo único que podía hacer era cubrirme la cara para que no me desfigurara. Afortunadamente, los gritos de “Te estás tirando a J te voy a matar” y “Todas las rubias sois igual de guarras” que profería la encolerizada chica me dieron a entender que me estaba confundiendo por otra persona y además de otro género, así que opté por zafarme de ella y apartarme la maraña de pelo de la cara parta demostrarle que era un tío. Al verme cesó en su ataque, me miró sorprendida y dijo… “¡Encima fea y más plana que una tabla de planchar!”. Arremetiendo con más fuerza aún. Me iba a matar, estaba seguro, así que salté por encima del capó, corrí hasta la parte trasera de la furgoneta y agarré una azada con la que sacudí a la novia de J en la cara cuando se lanzaba sobre mí de nuevo.
Sonó un apagado “clonc” y cayó al suelo hecha un guiñapo. La miré. La verdad es que no estaba nada mal la chica. No había motivos para que se sintiera celosa de un tipo como J. Pero como ya se sabe que el amor no conoce de apariencias ni de pensamientos racionales, no quise pensar demasiado en ello. Aquí cada uno con sus relaciones y sus problemas. La metí en el remolque donde llevábamos el compostaje y en el primer jardín que paramos la enterré bajo unos jazmineros sin que J se diera cuenta. Ese año las flores crecieron más bonitas que nunca.

miércoles, 7 de febrero de 2018

De imaginación e idiomas





Quien haya vivido en el final de la década de los ochenta, principios de los noventa sabrá de qué le hablo. Ser niño en esos tiempos no era fácil. No tanto como ahora, por lo menos. No había Internet, ni teléfonos móviles, los videojuegos buenos valían un dinero que no teníamos y los que podíamos llevarnos a casa funcionaban con cintas de cassette que había que cargar a base de chirridos y otros sonidos desagradables durante interminables minutos. El único consuelo eran los libros pero incluso estos no eran fáciles de encontrar en los pueblos y al final uno se cansaba de releer siempre los mismos. Fueron años difíciles en los que vi a muchos de los que consideraba amigos caer el las terribles garras del deporte y que el día menos esperado aparecían en mi casa en pleno invierno con pantalón corto y calcetines hasta las rodillas con una pelota bajo el brazo y preguntándome que si iba a jugar a nosequé porque les faltaba uno en el equipo. Perdí muchos amigos en esa época, pero pude sobrevivir gracias a mi más preciado don: La imaginación.

Para no sucumbir a los horrores del deporte pero no ser absorbido por la desidia de la soledad, inventé un juego que iba a cambiar mi vida para siempre: La nave espacial. Tal maravilla del ingenio consistía en abrir una puerta cualquiera de mi casa, agarrarme con una mano de cada pomo y con las piernas abiertas balancearme a lado y lado con alegría. La sensación era la más similar a cruzar el espacio estrellado que pudiera haber imaginado jamás y podía pasar horas y horas con el juego. Hasta que tuve un problema técnico.
Una tarde, justo después de comer, decidí embarcarme en la que sería mi misión mas peligrosa hasta la fecha. Volaría hasta Orión donde iba a descubrir la existencia de una misteriosa civilización extraterrestre con un misterioso y revelador secreto relativo a la aparición de la raza humana en la Tierra. Decidido, embarqué, encendí los motores pero cuando ni siquiera había salido del sistema solar, sucedió algo inesperado: Por lo visto mi madre acababa de fregar el suelo y los pies se me resbalaron, haciendo que el canto de la puerta se encontrara de forma fortuita y bastante violenta con mis gónadas (léase testículos) y el impacto me dejó tirado en el suelo sin poder ni hablar ni moverme.
Cuando mis padres me encontraron hecho una bola balbuceante en el suelo me llevaron al pediatra a toda prisa y éste tras examinarme a conciencia les dijo que no se preocuparan, que había sido solo el clásico deshueve infantil y que me recuperaría pero… Por lo visto el golpe había tocado una terminación nerviosa que asciende por el pecho hasta el lóbulo delantero derecho del cerebro, que es donde se rige el tema idiomático y con esa estimulación extra, el niño, es decir yo, sería capaz de aprender otras lenguas con mayor facilidad, recomendándoles finalmente que me apuntaran a alguna academia.
Ante tal revelación mis padres pensaron eso de “Bueno, el niño nos ha salido tonto pero por lo menos que aprenda un idioma, a ver si sale adelante en la vida” y allí que me llevaron.
La academia de inglés, que era la única que había en el pueblo, estaba dirigida por un señor con bigote y las clases eran de una decena de crios cada una, seleccionados por edades, niveles y altura. Yo iba a la de los mas altos y menos experimentados y allí estuve durante un par de meses, aprendiendo de lo lindo, pero sin notar un avance extraordinario respecto a mis compañeros. Tal cosa me extrañó y un día hablando del tema con ellos descubrí asombrado que TODOS los niños de mi clase habían sufrido algún tipo de accidente que les había estimulado el lóbulo frontal derecho. Eso explicaría el porqué yo no destacaba a pesar de mi supercapacidad y cuando se lo conté a mis padres… Se descubrió la verdad.
A mis padres tal descubrimiento no les pareció una simple casualidad y por ello comenzaron a investigar hasta que descubrieron que el pediatra y el del bigote de la academia… ¡Estaban compinchados! Por lo visto eran cuñados y el uno le enviaba clientes al otro con la tontería del nervio cerebral ese, con lo que se llevaba una comisión por niño matriculado y ambos salían ganando. Pero por supuesto el chollo se les acabó porque uno puede arriesgarse a hacer algo así en una ciudad, pero en un pueblo… en un pueblo donde dos generaciones atrás vivían en cuevas y libraban guerras tribales por el control de territorios era un error. Y nunca se les volvió a ver. Pero yo por lo menos aprendí algo de inglés.

¡Gudbai and siyu on de next entreixon may friens!
 

..



Echo de menos tus tormentas.
Tu lluvia empapándome, tu viento sacudiéndome y ese frío estimulante.
Echo de menos tus veranos.
Tu calidez reconfortante, la paz frente a una playa imaginada, relajante.
Echo de menos tu vértigo.
Ese miedo vigorizante, el antídoto a toda preocupación.
Echo de menos tu reflejo.
El mío, el tuyo, la imagen que devolvían las retinas.
Echo de menos tus latidos.
El diapasón que marcaba el tempo de mis pasos.
Y echo de menos tus intentos de detener el tiempo, de enfrentarte a las leyes mas estrictas de una realidad que no convence y tras cada fracaso… intentarlo de nuevo.

domingo, 28 de enero de 2018

De tiempo y navidades





Detengo el camión frente a la oficina de una fábrica. No estamos ni a febrero pero el calor es insoportable. El apacible clima alicantino. Abro la puerta con la esperanza de encontrar algo de brisa fresca, pero no. Bajo al suelo de un salto y me quito la camiseta, le exprimo el sudor y una vez escurrida me la vuelvo a poner. Ya aseado, me dirijo hacia la oficina.
Nada mas cruzar la puerta el frío me golpea. El zumbido de varios aparatos de aire acondicionado me revelan que alguien en el interior padece todavía más que yo por el calor, pero lo realmente inquietante es la decoración del lugar: Un árbol de navidad preside el centro de la sala de espera, cubierto de nieve artificial, guirnaldas y estrellitas. Las ventanas están decoradas con motivos navideños y felices años nuevos y encima del mostrador, entre nieve y papases noeles, descansa un plato con dos polvorones. Cuando me oye entrar, una sonriente secretaria con un gorro rojo luminoso 
me saluda. 

-Buenas tardes –me dice.

-Buenas… -le respondo.

-¿Has descargado lo de Mr. Stoneman?

-Justo.

-Pues ve rellenándome los papeles que te estábamos esperando.

Comienzo a firmar albaranes mientras tirito de frío y aunque sé que debería callarme, la extraña escena me impide mantener la boca cerrada.

-Veo que no habéis superado que se acabara la navidad… ¿Eh? –

Trato de parecer gracioso, pero el semblante de la secretaria se vuelve sombrío y un par de personas del interior de la oficina salen a mirarme muy serios. Los dos llevan gorros navideños.

-La navidad no termina hasta que uno no lo desea –me dice.

-Discrepo, pero no tengo demasiado tiempo para quedarme a discutir –le respondo algo intimidado.

-Entonces coge los papeles y márchate –me dice ya sin rastro de simpatía. –Pero llévate un polvorón.

Miro los polvorones y hay algo extraño en ellos. Incluso envueltos en el papelito se adivina un atisbo de decrepitud en ellos. Ningún polvorón debería sobrevivir hasta febrero. No los fabrican con esas intenciones y nadie sabe en qué se convierten pasado el 15 de enero.

-No. Creo que no me apetece ahora mismo porque… -comienzo a decirle hasta que una presencia nueva me llama la atención.

En la puerta de entrada hay un operario de la fábrica ocupando todo el hueco posible para salir. Dos metros y medio de altura por dos veinte de ancho. Botas desgastadas, pantalones agujereados, camiseta manchada de grasa y el gorrito rojo con luces en la cabeza.

-…pensándolo mejor me voy a llevar uno para el camino, jeje.

-Llévate los dos –dice el bruto. –Uno para le camino y el otro te lo comes ahora –sonríe y sus dientes están tan mellados que cualquiera creería que sierra el mármol con ellos.

Agarro los dos polvorones, que dejan una extraña mancha en el plato, como si su sola existencia desafiara todas las leyes referentes a la materia y ésta se hubiese replegado sobre si misma tratando de escapar de ellos. Me meto uno en el bolsillo y comienzo a desenvolver el otro. No sabría adivinar de qué color es. Lo acerco a mi boca. No huele a polvorón. No huele a nada que pertenezca a este mundo. La secretaria me mira, el grandote me mira, los dioses me miran. Me lo meto en la boca y sonrío. Todos sonríen y la puerta queda libre.

-Feliz navidad –me dicen al unísono.

-Fediz babidad –les respondo.

Subo al camión a la velocidad del relámpago y arranco el motor. Éste no me falla y me permite alejarme de cualquier mirada curiosa. Cuando estoy lejos, en medo del campo, saco la cabeza por la ventanilla y trato de escupirlo pero lo tengo pegado al paladar. Toso, me lleno la boca de agua, intento sacarlo con los dedos pero no puedo y comienzo a notar como algo extraño se apodera de mí. Algo oscuro y atemporal, algo de otro mundo que trata de apoderarse de mi ser. Desesperado salto por la ventanilla y me lleno la boca de gravilla, la mastico, la revuelvo en mi boca y parece que  funciona. Y allí, arrodillado en el suelo logro escupirlo. Luego saco el de mi bolsillo, lo tiro al suelo y lo muelo a puñetazos mientras grito eso de “muere maldito polvorón, regresa al lugar de donde nunca deberías haber salido”. Cuando termino con mi trabajo me relajo un poco, levanto la cabeza y veo a dos jubilados que estaban recogiendo setas observándome con los ojos como platos.

-Feliz navidad –les digo, y salen corriendo como liebres.

domingo, 7 de enero de 2018

Regalos de mierda (19 de 284)



-¿A que viene esa cara hijo mío? Parece como si hoy en clase todos tus compañeros se hubiesen burlado de ti.
-Es que es justo lo que ha pasado mamá. Hoy tocaba revisión médica y cuando nos hemos quitado la camiseta pata el examen de próstata todos me han dicho que para la edad que tengo estoy muy fofo, fláccido, sin tono muscular… ¡Soy una vergüenza de niño!
-¿Pero a dónde vas tan corriendo y llorando? No subas las escaleras así que te la vas a pegar.
Pero el niño no escucha los consejos de su madre y se encierra en su cuarto a expresar su dolor en soledad. La madre, mientras tanto, idea una plan para que su hijo recupere la forma sin tener que apuntarse a uno de esos antros de depravación y consumo de sustancias prohibidas que son los gimnasios.
A la mañana siguiente la madre entra en el cuarto del niño sacudiendo una tapa de olla con un cucharón. El niño se despierta con tal sobresalto que se le agarrota el brazo izquierdo como al padre de superman.
-¡Qué pasa!
-Tengo la solución a tus problemas de flaccidez justo al lado de tu ventana. Asómate y verás que sorpresón te llevas.
El niño, temeroso de qué pueda encontrarse allí, descorre las cortinas y contempla la obra de su progenitora.

 -Gracias mamá. Me habrás comprado también una pelota, por lo menos.
-¿Una qué?
-Déjalo mamá. Déjalo.

lunes, 1 de enero de 2018

Una de terapias alternativas.





Llego a la dirección indicada cuando ya ha caído la noche y me sorprendo al no ver ningún cartel en la entrada. Se trata de la puertecita de una pequeña casa de dos plantas con las persianas completamente bajadas. Miro de nuevo la nota arrugada que acabo de sacar de mi bolsillo y compruebo que efectivamente ese es el lugar. Dudo, pero el aire frío de la noche me impulsa a llamar al timbre. La única farola que ilumina ese sector de la calle parpadea y se apaga, como si fuera una señal de que algo anda mal.

La puerta se abre y entro a una especie de sala de espera poco iluminada. Huele fuertemente a incienso y a aceites, ocultando un ligero olor a sudor y orín. Hay silloncitos alineados contra la pared pero prefiero no sentarme y esperar de pie. Al poco, una mujer oriental embutida en un kimono oscuro aparece por el pasillo; es menuda y se mueve deprisa; me sonríe y sus ojos, apenas visibles, me examinan.

-Buenas taldes, usted sel…

-Capdemut –le respondo.

-Oh pelfecto, tu venil pol…

-Por eso de la acupuntura –le digo. 

-Oh si, pasa pasa a la sala.

Me acompaña hasta una pequeña habitación con una litera y estanterías abarrotadas de objetos en los que no logro fijarme. Reconozco que estoy un poco nervioso. Es la primera vez que utilizo este tipo de terapia, pero mi dolor de espalda es tan persistente que ya necesito probar cosas alternativas a los analgésicos y los masajes.

-¿Sel tu plimela vez? –Me pregunta casi leyendo mi mente.

-Si.
-¿Y que buscal? 

-Pues… He venido por el tema del dolor de espalda que…

-Ah dolol, pelfecto. Yo sel expelta en ello.

Por algún motivo no me siento cómodo con esa mujercita, pero sigo sus instrucciones, me quito la camiseta y me acuesto en la camilla.

-Tu tenel bonitos ojos –me dice mientras trastea con cosas de la estantería. –Y una buena musculatula abdominal.

Miro hacia abajo sorprendido pero me veo la barriga como siempre.

-Si. A ver si se van a doblar las agujas –le respondo tratando de parecer gracioso, pero ella no pilla el chiste.

La mujer comienza a sacar agujas de un blister y a realizarme tocamientos por partes estratégicas y a clavármelas por los brazos, los costados y la barriga. Duele, pero como he sido educado en una sociedad patriarcal en la cual los hombres somos el sexo fuerte y dominante, me reprimo de quejarme.

-¿Dolel?

-No mucho. Siento alguna molestia, pero no llega a ser dolor.

-Oh, tu sel un tipo dulo –me dice casi divertida. –Tu quitalte los pantalones.

La obedezco y comienza a clavarme agujas en los dedos de los pies, tobillos, rodillas y sigue subiendo. Dos lágrimas brotan de mis ojos y debido a la posición, se me meten en las orejas. La cosa se pone fea.

-¿Y ahola, dolel?

-Ahora un poco –le digo mientras pienso que “joder métete las agujitas por donde te quepan”.
Cuando termina de clavármelas pienso que mi tortura se ha acabado pero en lugar de eso, empieza la verdadera fiesta. Me pega una placa de metal en el costillar y con una pequeño taser, comienza a electrificar las agujas. Desconocía este método, pero con cada descarga me sacudo como un muñeco de trapo. No puedo reprimir más los gritos y ella parece satisfecha. No entiendo en qué me puede ayudar esta terapia tan chunga pero no puede durar mucho más.

-Esto ya estal –me tranquiliza ella. –Ya podel quital los calzoncillos.

-¿Quital que? –Le respondo en su lengua nativa.

-Calzoncillos. Yo claval agujas en testículos y glande pala final feliz. Tu espelal. Taldal un minuto.

Cuando la china sale de la habitación me levanto con tal salto que casi me estrello contra el techo y comienzo a arrancarme las agujas y a vestirme a la velocidad del rayo. Me asomo al pasillo y éste está vacío, con lo que salgo a la carrera y compruebo con alivio que la puerta de la calle está abierta. Salgo y dejo que el frío nocturno me abrace, como una madre protectora, como las olas a la arena. 

Miro a la pequeña puerta detrás de mí y me pregunto donde cojones me he metido. Ahora solo me queda darle las gracias al que me recomendó este sitio, a poder ser con los puños cerrados y los dientes muy apretados.

Así me veia yo de quedarme un rato mas en esa sala.

..



El fracaso no es un instante.
No es el momento en el que se comete el error y las cosas salen mal.
No es el tiempo que transcurre entre que todo marcha bien y que ya nada funciona.

El fracaso es un estado.
Es volver a casa con las manos vacías y el corazón roto.
Es esperar a que todo se arregle sin hacer nada al respecto.

El fracaso es volver atrás sin saber porqué se está retrocediendo.
No ser capaz de enmendar los errores.
No atreverse a dar un paso necesario.

El fracaso es nacer con ello y jamás arreglarlo.
Saber que el fallo está en uno mismo y soportarlo.
Saber que soportarlo implica repetir ese mismo fallo.

Fracasar es creer en orgullo, alimentarlo y cuidarlo.
Preferir el dolor al esfuerzo.
Preferir la sinrazón a la disculpa.

Fracasar es empezar algo sin tener nada.
Dejar atrás lo esencial sin dejarlo nunca.
Olvidar lo importante aún sabiendo que jamás se olvidará.

El fracaso es cada cabezazo contra el muro.
Cada grito reprimido.
Cada palabra que queda sin ser pronunciada.

No pedir disculpas.
No dar explicaciones.
Darlo todo por hablado.
Darlo todo por supuesto.
Considerar el silencio un empate.
Y el empate una victoria.
Cuando la victoria es el fracaso.