martes, 19 de diciembre de 2017

La típica entrada de fin de año



Se acerca el fin de año y con él, el momento de hacer balance, reflexionar, comentar cuáles han sido las entradas mas visitadas del blog, porqué, cómo, etc… Pero como sabéis que este blog tiene una afluencia de público mas bien escasa (algo totalmente incomprensible)  y que los cuatro que estamos por aquí sabemos lo que nos gusta, prefiero derivar mi reflexión por otros derroteros quizás menos transitados pero no por ello más útiles o interesantes.

Habréis notado que la frecuenciaa de publicación del blog ha descendido notablemente y ello es la causa de varios factores. Sé que me imagináis en una isla desierta donde los habitantes autóctonos del lugar (una tribu famosa por su atractivo físico y voluptuosidad de sus mujeres) sufrieron hace poco la desgracia de perder a todos sus hombres en un horrible accidente de pesca y ahora sus hembras necesitan a un macho para saciar sus necesidades sexuales y qué mejor que un hombre del norte que acaba de instalarse en una lujosa cabaña debido a la fama y la gloria (y el dinero) que ha obtenido gracias a las ventas de su último libro. Pero no. Aunque no vais desencaminados del todo. De hecho mi último libro a pesar de haber tenido un éxito inesperado a nivel de críticas, no se está vendiendo nada bien y ello hace que en lugar de irme a la isla, tenga que pelear por cada venta. ¿Cómo? Preparando presentaciones, diseñando carteles molones, escribiendo relatos promocionales, colaborando en asociaciones de autoedición, páginas web relacionadas… Todo eso es trabajo que me quita tiempo para escribir en el blog. Pero no es todo.

Habréis notado al igual que yo que en este nuestro amado país la tensión se puede cortar con un cuchillo. Tensión política y social causada por una campaña electoral sin corazón que está dividiendo a una sociedad que debería estar unida por un bien común, independientemente de los colores del trapo que ondee sobre sus cabezas. He escrito varias entradas acerca del tema, así que no os sonará a novedad mi preocupación, algunas en plan serio y otras más de broma, pero lo cierto es que es un tema que no me hace ninguna gracia. Creo que mientras peleamos por asuntos banales estamos perdiendo la verdadera lucha contra la pérdida de derechos sociales y la desigualdad, y eso es realmente grave. Por no hablar de la hecatombe medioambiental a la que nos dirigimos a toda velocidad sin preocuparnos por pisar el freno en ningún momento. Pero como me resisto a convertir este blog en algo serio y reivindicativo, prefiero guardarme ciertas cosas y dejar que el tiempo corra. Y mientras corre, no escribo con la misma fluidez.

Y por supuesto, como no, proyectos. Estoy trabajando en una serie de relatos que serán la segunda parte de “La onomatopeya del ladrido” y que publicaré a lo largo de 2018 en formato digital únicamente, terminando el diseño de mi primer juego de rol “oficial” el cual verá la luz en breve e informaré de ello en “El blog mediocre”, y también estoy trabajando en lo que podría ser mi tercer libro impreso aunque todavía es pronto para adelantar nada.
A todo esto habrá que sumarle mi vida “normal” que consiste en infinitas horas de trabajo, obligaciones familiares, tareas domesticas, problemillas de salud, cosas que surgen así sin esperarlas… Lo típico vamos.

En definitiva y resumiendo mucho: El blog se está resintiendo de tanta actividad y no descarto ponerlo en pausa indefinida si no logro sacar adelante otros trabajos de forma sencilla. Pero eso ya se verá. De momento me queda daros las gracias a los fieles lectores, también a los ocasionales (pero no tanto) y desearos a todos/as un feliz, próspero, largo, tedioso y rutinario 2018. Que lo disfrutéis.


Y feliz saturnalia, como no.

viernes, 1 de diciembre de 2017

De deporte y exhibicionismo



Hace unos días (o semanas, que el tiempo se escurren entre los dedos como arena mojada) me crucé por la calle con un chaval que iba corriendo como tantos otros en busca de la perfección física, en clara alusión al rechazo que sentía por su propio cuerpo tal y como era en ese momento. No me sorprendió. Hay mucha gente que se odia a si misma y tratan por todos los medios de parecer otras personas, o a sus “yos” del pasado. Lo que si me sorprendió, en cambio, fue el verlo a la vuelta, acostado encima de un banco haciendo abdominales. Y antes de continuar quiero dejar clara mi postura ante el deporte: No me gusta el deporte. Me parece una manera tonta de destrozarse el cuerpo en un intento fútil de plantarle cara al tiempo, rival indestructible donde los haya. ¿Por qué pienso eso? Porque un primo mio que jugaba al fútbol se cascó una rodilla con apenas 15 años y a día de hoy es un cuarentón cojo; a un colega del colegio se le agarrotó hace poco un tendón (o algo) de la pierna haciendo running y se ha quedado torcido y un conocido, haciendo algo llamado “la rana” en el gimnasio ahora camina como un abuelo de 150 años. ¿Conclusión? La que os he comentado antes.
Pero el motivo de esta entrada no es la de criticar algo tan aberrante como el deporte; aquí cada uno es libre de machacarse como guste y plazca; el motivo de escribir esto  es el de la sorpresa de ver a alguien haciendo abdominales en un banco de la calle. ¿Qué no digo que esté mal! Pero al contrario que correr, que normalmente nadie tiene un pasillo tan largo, los abdominales se pueden hacer en casa tranquilamente. ¿Por qué no esperar a llegar? No se lo pregunté, que debería haberlo hecho, pero supongo que me habría respondido que en ese momento estaba “en caliente” o que por qué esperar si no estaba molestando a nadie… Los argumentos podrían ser numerosos y lógicos pero cuidado, porque eso podría abrir la puerta a muchas otras actividades que hasta el momento hacemos en casa pero por qué no trasladarlas a la calle si tenemos la excusa adecuada.

Ahora imagino a gente haciendo caca en los parques (y recogiéndola con bolsitas, por supuesto) con la excusa de “es que me ha dado el apretón”, gente masturbándose porque “es una necesidad fisiológica y además así me desestreso” o incluso poniéndonos en un caso extremo, gente leyendo en los bancos de los parques en lugar de esperar a sentarse en sus sofases y silloneses porque “está muy interesante este capítulo”. Aberrante. ¿Lo había dicho ya? Es que me gusta esta palabra, aunque nunca la diría en la calle, por supuesto.
Pues si, hay que hacer estiramientos y a poder ser, llamando la atención.

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Llévame como el viento al polvo,
como el mar al plástico.

Libérame de mi peso y hazme flotar, hacia algún lugar en el que no haya estado aún.

Lléname de momentos,
tan efímeros como intensos

Hazme olvidar el suelo y todo aquello que en él se arrastra.
Busca en mi interior todo aquello que había perdido.

Y déjame caer al fin,
como una piedra desde lo alto,
como granizo en una tarde de verano,
como el último cometa que verán nuestros ojos,
ahora que el tiempo se agota.