miércoles, 11 de octubre de 2017

El castillo de los pasillos interminables. Una aventura más épica de lo que parece.





Mi caballo se detiene ante las puertas del castillo y antes de poner los pies en el suelo, me paro a observarlo. Es un edificio antiguo de altos muros y aspecto terrible. No cabe duda de que su interior alberga grandes peligros y misterios, pero puede que también tesoros ocultos.
Camino hasta la entrada y veo un desvencijado cartel que reza “Grandes recompensas aguardan a aquél que logre salir con vida del castillo de los pasillos interminables”. El mensaje es claro: La vida de quien penetre en estos muros peligra. Pero eso no logra intimidar a aquellos que como yo, no tienen nada que perder.

La enorme puerta de entrada se abre sola al acercarme, como si hubiera alguna fuerza desconocida que esperara de antemano mi visita. Asciendo las escaleras, preparo mis armas y comienzo un camino que pondrá a prueba mi tesón y mi cordura. Los primeros metros son una pequeña muestra de lo que me esperará en el trayecto: Salas angostas, pasillos interminables, recovecos que terminan en túneles sin salida o aún peor, que me trasladan a zonas ya exploradas. Figuras fantasmales, cuerpos tambaleantes y gemidos de angustia aparecen a cada giro, pero lo peor es la sensación de estar pasando todo el tiempo por el mismo lugar y la creciente certeza de que salir de allí va a ser más difícil de lo que esperaba.

En una de las salas hallo un estante con libros, todos ellos con títulos escritos en idiomas ininteligibles. Cojo uno de ellos, me siento en un escritorio y lo abro. Descubro que mi mente no estaba preparada para tanto horror. A pesar de no entender ese lenguaje, los símbolos arcanos y las figuras que forma la terrible escritura me azotan la mente como un látigo, obligándome a cerrarlo y seguir mi camino lleno de desconcierto y desazón.

Finalmente hallo las escaleras de descenso pero éstas conducen a las catacumbas, que no son más que una versión oscura y húmeda de lo visto en el piso superior. Tapices y alfombras, lámparas y antorchas, mesas y sillas… Todo parece estar distribuido de una forma enfermiza, como si fuese obra de un loco. Y si no encuentro pronto la salida, yo también perderé la cordura.

Sigo avanzando, hago un parón para comer algo y reponer fuerzas, pero incluso la comida aquí tiene un sabor inidentificable, como si estuviese mancillada por el mal que impregna el lugar. Las últimas horas son decisivas. El avance es cada vez más lento y no veo la luz al final del túnel. El suelo está salpicado de huesos humanos, los de los héroes que llegaron hasta aquí y no pudieron continuar. Hay estantes que llegan hasta más arriba de donde la vista alcanza y los pasadizos se multiplican sin orden aparente. La cabeza me da vueltas y las piernas comienzan a fallarme. Caigo de rodillas y me encuentro con la mirada vacía de uno de esos que en su día fracasaron. No puedo caer aquí. No voy a engrosar la lista de los que no volvieron a ver la luz del sol.

Me levanto de nuevo con un último esfuerzo y como si ese gesto hubiese tenido algún significado más allá de la pura superación personal, veo a lo lejos la salida. Avanzo con fuerzas renovadas pero al llegar hasta ella encuentro el paso bloqueado. “Si la salida quieres alcanzar, de todo tu oro te debes desprender” reza la inscripción. Vacío mis bolsillos y la puerta se abre, por fin.
Una vez en el exterior, respiro el aire fresco como si se tratara de mi primer aliento y recibo la luz del sol del atardecer como una bendición. Entonces descubro el significado de esta aventura. La recompensa a este viaje era el comprender el verdadero valor de la vida, no el obtener riquezas ni gloria. El tesoro a obtener era el seguir adelante con la consciencia de que cualquier reto, por duro que sea, puede ser superado.

Antes de alejarme del lugar miro atrás, al terrible laberinto que acabo de superar y pienso que nunca jamás volveré al Ikea.

lunes, 2 de octubre de 2017

Cosas de Catalunya (parte 2 de 2)





Hace una semana aproximadamente expresé en este mismo blog y en ésta entrada concretamente mi posición moral (que no política) ante el asunto catalán referente a la independencia y al derecho de decidir. No voy a repetirme así que invito a quienes pueda interesar leer este texto, que antes se pasen por la entrada enlazada. El motivo de volver a abordar el tema es que como a estas alturas ya sabréis, el fin de semana del 30 de septiembre al 1 de octubre iba a estar en mi pueblo natal, presentando mi segundo libro, cargado de incertidumbre sobre cómo iba a ir la presentación y que iba a suceder al día siguiente. Pero dejo las conjeturas y paso a los hechos.

Debo reconocer que la noche anterior no pude dormir demasiado debido a los nervios, así que me levanté muy temprano y me subí al coche sobre las seis y media de la mañana para comenzar un viaje de casi cuatro horas hasta mi pueblo, donde debía estar por lo menos a las once de la mañana para empezar a preparar las cosas. Iba sobrado de tiempo pero por lo que estaba viendo en las redes sociales y las noticias, Cataluña se había convertido en un estado policial y temía que me pararan en un control y no llegar a tiempo al acto. Tal como me acercaba a mi tierra estuve pensando qué ruta sería la mejor para entrar. Descarté la carretera nacional, por ser demasiado propensa a atascos y retenciones y aunque estuve tentado de meterme por los caminos del interior, pasando por poblaciones como La Jana o Rossell en busca de los puentes que cruzan el río Sénia, finalmente opté por ir de cara y pasar por la autopista de peaje. Me sorprendió llegar hasta la biblioteca de mi pueblo sin ver ni a un solo policía. Ni nacional, ni guardia civil ni mosso. Me metí directamente en la biblioteca y realicé la presentación con normalidad.

Por la tarde salí a dar una vuelta y me encontré con un ambiente totalmente festivo y optimista en el pueblo. Acudí a una trobada de castellers donde no había ninguna presencia policial y donde tampoco se podían ver esteladas ni manifestación alguna de independentismos. Por la noche cené con unos amigos y aunque nos cruzamos con algún furgón de los mossos, no fue nada que escapara de la rutina. Esa misma noche llegaron vía redes sociales algunos vídeos de manifestaciones por la unidad de España en las que entre cantos del “cara al sol”, unos encapuchados se encaramaban a fachadas de ayuntamientos y arrancaban carteles con mensajes tan subversivos como “democracia” ante la pasividad de la policía. Pero hechos aislados y nada preocupante.

A la mañana siguiente madrugué, quizás demasiado, y fui a almorzar con una amiga. Ésta señora, ya jubilada, me relató con cierta inquietud como las imágenes vistas estas últimas semanas la retrotraían a tiempos pasados “como un túnel del tiempo directo al franquismo” me dijo. Pero a pesar de todo, debo repetir y hacer hincapié en ello, el ambiente en el pueblo era inmejorable. Mucha gente joven a pesar de las horas, parejas de ancianitos con las papeletas dirigiéndose los primeros a los colegios electorales, sonrisas, ánimos y mucho, mucho optimismo, como si lo importante fuera el acto de votar y expresarse antes de cualquier sentimiento político.
Viendo el buen rollo reinante, me dirigí a uno de los colegios electorales a ver qué ambiente había y lo encontré repleto de gente votando y un par de mossos observando desde lo lejos. Nada a destacar. Fui a darme una ducha y a dirigirme al pueblo de al lado a ver a la familia.
Pero al rato comenzaron los mensajes de alarma en el móvil. En un pueblo cercano la guardia civil había cargado contra un grupo de votantes dejando cuarenta heridos. La gente comenzó a organizarse y a reforzar los colegios electorales más importantes, pero la policía recorría los pueblos pequeños empleando la fuerza para hacerse con las urnas y la indignación iba en aumento. Las imágenes que llegaban desde las capitales no eran mucho mejores y no hacían más que reafirmar a la gente en su derecho a expresarse. Al final el día se saldó con 500 heridos físicamente y muchos millones de forma moral, entre los que me cuento. Y ahora si, dejando de un lado los hechos vividos, paso a mi innecesaria reflexión.

No soy independentista. Me reafirmo. Lo dije en la anterior entrada, si la habéis leído y lo repito por si no. Creo que esto, en esencia, no es más que un pulso político entre dos señores indeseables que no han dudado en lanzar a la calle a la población y a las fuerzas del orden en una especie de partida de ajedrez jugada por niños que no entienden las reglas. Pero como ciudadano catalán y español y eso que ahora viene a llamarse “ciudadano del mundo”, debo decir que todo esto ha llegado mucho más allá de banderas y fronteras. He visto a un pueblo unido, alegre, con voluntad de cambio, atacado por las fuerzas de un gobierno que ni se ha molestado en hablar, dialogar ni negociar en ningún momento; un gobierno que ha actuado con mano de hierro amparado por el inmovilismo de una oposición prácticamente inexistente que han mirado a otro lado mientras se desataba la violencia. Un gobierno que ha alimentado el odio hacia un pueblo que con su gesto no hacía más que reclamar que su voz fuera escuchada. Un gobierno que ha querido dar un mensaje claro no solo a los catalanes si no a todos los españoles diciendo que “si te saltas mi ley te vamos a moler a palos”. Y un gobierno que desgraciadamente ha hecho estallar un sentimiento totalitario entre cierto sector de la población que no solo no condenan sus actos sino que los aplauden y los vitorean. Al final lo que hemos ganado con todo esto es confrontación, odio y miedo por culpa de unos símbolos como son las banderas y las fronteras que de poco sirven si no garantizan cierta libertad y comprensión entre las gentes que las representan.

No soy independentista. ¿Lo había dicho ya? Pero el día de ayer me dejó muy triste. Triste porque me encontré con imágenes duras que rompían una armonía envidiable. Porque los gobernantes se quitaron las caretas de demócratas para mostrar lo que siempre han sido en realidad y porque a base de porrazos han roto aún más la España que pretendían mantener unida.
Por otro lado, todo sea dicho, albergo cierta esperanza sobre la buena voluntad de la gente. He visto personas en otras comunidades y países solidarizándose con el pueblo catalán, aplausos por parte de independentistas a un chaval que iba a votar “no” con la papeleta bien visible en la mano, grupos de jóvenes caminando de la mano con banderas españolas y esteladas y mucha, muchísima solidaridad entre pueblos.
Creo, y ahora ya termino, que la lucha de Catalunya es la lucha de todo el pueblo español y que si la voluntad de los catalanes llega a ser doblegada y aplastada por el gobierno, sentará un precedente que llevará a este país a su fin. Afortunadamente, no creo que esto pase. No sin recurrir a niveles mucho mayores de violencia que sinceramente, se me hacen difíciles de concebir.

No soy independentista, no sé si lo había comentado ya, pero soy catalán y deseo lo mejor para mi gente, aunque esté lejos de mi tierra y no pueda hacer otra cosa que escribir. Y ojala nunca más tenga que publicar entradas como ésta.

.



Llegas a mí de repente, como un olor ligero, persistente, que estuviera oculto en alguna parte de mí y hubiese decidido repentinamente hacerse notar.
Llegas a pesar de la distancia y del tiempo, como si el cosmos no fuera más que un paseo para las zancadas del recuerdo.

Llegas de una forma tan inesperada que me hace dudar que alguna vez te marcharas.
Llegas de una forma tan intensa que no comprendo como pude llegar a marcharme.

Llegas porque no estás y porque te marcharás.
Llegas porque no estoy desde que me marché.

Llegas como ese olor familiar, añorado y a la vez presente, como si con el acto de marcharme solo me hubiese unido más a ti.

viernes, 29 de septiembre de 2017

De fósiles y ladrillos (y cucarachoides)


Sé que últimamente en este blog se tratan temas más serios que de costumbre, y que esto no es del agrado de todo el mundo, ya que algunas personas buscan aquí cierta forma de desconectar de las preocupaciones de la vida cotidiana a base de humor. Pero como autor de este blog quiero que se tenga en cuenta que los contenidos de éste dependen de mi estado de ánimo y por lo tanto fluctuan con mi sentido del humor. Y últimamente estoy lleno de preocupaciones. Así que sintiéndolo mucho por los que habéis veido aquí en busca de algo jocoso con lo que entreteneros, aquí voy a exponer otra de mis grandes preocupaciones. La que no me deja dormir en estas agradables noches de fresquito otoñal: La extinción total de la humanidad.

Es un hecho. Bueno, no es un hecho porque no ha pasado, pero es tan inevitable que se lo puede considerar como tal. Nos vamos a extinguir algún día. No voy a entrar en detalles ni en teorías de cambios climáticos, invasiones extraterrestres, guerras nucleares ni nada por el estilo. Digo que es un hecho porque desde que la Tierra alberga vida, las especies se han sucedido unas tras otras, cayendo y alzándose a lo largo de los millones de años. Así que tardemos más o menos, salvemos el planeta o no, colonicemos el espacio o no, al final desapareceremos. ¿Pero desapareceremos del todo? No. Nos convertiremos en fósiles que futuras civilizaciones desenterrarán al ir a construir sus chalés y es precisamente esto lo que me preocupa: Mi fósil.

El año pasado estuve con mi familia en Dinosauriopolislandia-world (o algo así, no recuerdo bien el nombre) donde se exponían fósiles reales de dinosaurio. Debo decir que visto en la tele o en libros está muy bien, pero plantarse ante el esqueleto de un reptil al que un tío relativamente alto para estándares humano como yo le llega a la rodilla, es impresionante. Aterrador en cierto modo. Poder admirar a esos seres que antaño dominaron la tierra es una experiéncia en si mismo. Pero cuando las futuras civilizaciones nos encuentren, dentro de millones de años, enterrados y convertidos en piedra, no daremos la misma impresión. Imagino a una enorme cucaracha antropomórfica superinteligente cavando un hoyo vete tu a saber porqué (cosas de otras civilizaciones) y encontrando mi fósil, allí, en posición fetal, agarrado al último ejemplar de mi libro y decir "¿Qué es esta mierda?" y otro cucarachoide, más viejo y sabio diciéndole " Bah, es un mono de esos que dominaron la tierra hace millones de años" y el más jóven, sorprendido "¿Estos bichos tan cutres dominaron la tierra? Así les iría" y el viejo, quizás cansado de tanta cháchara "Venga, entiérralo otra vez y sigamos con nuestras cosas de civilizaciones futuras de costumbres incomprensibles" y el más jóven, algo extrañado "Pero mira, tiene algo entre las patas delanteras. ¡Con una inscripción!" y el viejo, ahora algo interesado se acercaría a mirar "A ver, a ver, que yo hice un cursillo de lenguas antiguas... Pone... La onomatopeya del... ¡Ladrillo!" y el jóven, impresionado "¿Que significa eso? ¿Es algo importante?" y el viejo volviendo al trabajo "No, es que por lo visto esa especie estaba obsesionada con la construcción."

Terrible.

martes, 26 de septiembre de 2017

Cosas de Cataluña (Parte 1 de 2)

Sabéis que no me gusta mucho meterme en tema serios, y menos todavía si se trata de asuntos políticos o relacionados, ya que muchas veces no hay por donde verles la gracia. Pero el sucederse de acontecimientos me han llevado a un punto en el que necesito expresarme o me estallará la cabeza. Y como no, el tema al que me voy a referir es al de Cataluña y su ánimo de celebrar un referéndum para votar por su independencia. Pero antes, necesito dejar clara mi posición, para que no hayan dudas sobre mi punto de vista subjetivo de este asunto.

Aqui un trapo de colorines.

Yo soy catalán. Lo soy porque cuando nací confluyeron los vectores espacio y tiempo y allí aparecí. Quede claro por lo tanto y teniendo en cuenta ésto, que no puedo sentir orgullo por ser catalán, ya que no fue nada más allá del azar. Considero que el orgullo, el honor o la ufanía son sentimientos aplicables a cosas que uno ha logrado en su vida y a causa de su esfuerzo y dedicación, como criar a un hijo notable, escribir un libro o plantar un árbol que acaba siendo el patriarca de un nuevo bosque; pero nunca, nunca, por causas de azar. Y perdonadme que haga hincapié en un tema tan semántico como éste, pero es que necesito que entendáis que cuando oigo a alguien sintiéndose orgullosos de haber nacido en el interior de ciertas fronteras me produce la misma sensación que si oyera a alguien estar orgulloso de ser rubio o de ver llover. Y volviendo a lo mio... No me siento orgulloso de ser catalán, aunque lo prefiero a ser sirio o somalí, por ejemplo, con lo que puedo resumir que "estoy contento por haber nacido en Cataluña". Y teniendo en cuenta esta parrafada, queda implícito que tampoco me siento orgulloso ni nada parecido de ser español, europeo o ningún otro calificativo similar. Podría decirse de mi que soy un ser humano apátrida, así en general, pero para referirme al tema que nos ocupa (y nos preocupa) y para acabar de dejarlo claro, podemos dejarlo en que soy un catalán no independentista.

El tema, y ahora si voy a decirlo, es que últimamente se han desatado las tensiones entre dos bandos que cada vez están más definidos: Por un lado tenemos a una jauría de catalanes que, cansados de abusos, recortes sociales, privaciones y violaciones de los derechos humanos fundamentales sobre su población, han decidido rebelarse para plantar cara al opresor. Éste llamado opresor no es más que el gobierno central de la nación, el cual después de agotar todas las vias de negociación y diálogo se ha visto obligado a recurrir a la via judicial y preparar el terreno por si hay que llegar a utilizar la fuerza.
Y ahora, por favor nótese el tono de ironía utilizado aquí arriba ya que ni los catalanes viven tan mal, ni el gobierno central se ha tomado la más mínima molestia en hablar el asunto de forma civilizada. ¿Qué pasa entonces en Cataluña? Nadie lo sabe con certeza, básicamente porque las noticias de la televisión y las redes sociales de personas particulares no dejan de bombardearnos con notícias falsas. Y eso me preocupa.

Como yo soy un catalán apátrida que vive en Espanya, tengo la suerte (y lo digo en serio) de relacionarme con personas de todo tipo y en mi facebook tengo desde fascistas que desean el regreso del caudillo hasta independentistas radicales que no ven otra solución a sus problemas que separarse del país que les asfixia. Y debido a ese amplio espectro de amistades, puedo deleitarme con decenas de noticias falsas las cuales, aunque pueden ser desmontadas con una simple búsqueda en Google, son compartidas sin remordimientos para avivar aún más la llama del enfrentamiento. Llevo ya un par de días recogiendo esas notícias (fotos de tanques en las calles, falsos comunicados de las autoridades, frases atribuidas a quien no las ha dicho...) y comunicando a esas personas que han puesto cosas que no deberían. Y quizás soy yo quien no debería meterse en asuntos ajenos, pero... Me importa. Me importa porque el dia 1 de octubre de 2017 voy a estar en Cataluña y tengo miedo de que la cosa se vaya de madre. Os cuento el porqué.

Este mes de agosto me confirmaron la fecha de la presentación de mi segundo libro "La onomatopeya del ladrido y otros relatos pulp" en la biblioteca de Amposta (Tarragona) el día 30 de septiembre. La fecha me pareció tan buena como cualquier otra, pero claro... es el día antes del referéndum y empiezo a temer no ya un conflicto armado pero si un estado de ánimo de la población poco propicio para ir a ver libros. Que no venga ni dios, vamos. Quizás os parezca una perogrullada comparado con lo que está cayendo (o nos dicen que está cayendo) allí, pero me preocupa. Me da incluso miedo. Conozco bien a mi gente. Puede que no me sienta representado por ninguna bandera ni bajo el influjo de ninguna frontera, pero yo amo mi tierra, desde el norte de Castellón hasta los campos de Tarragona y hasta la franja de Teruel. Amo mi tierra como lugar físico, dejando de lado los colores y los yugos políticos y no hay día que no la eche de menos. Y como también quiero a mi gente, no les deseo ningún mal, de ningún tipo. Porque somos personas acostumbradas a capear temporales y hacerle buena cara al mal tiempo, como buenos montañeros y ribereños; y al igual que llevamos toda una vida manifestándolos pacíficamente contra todo tipo de agresiones como campos de golf, parques eólicos, centrales nucleares, vertederos y trasvases de toda índole y capacidad, siempre armados con canciones, bailes y alegría, también sé que si una gota colma el vaso somos gentes guerreras y no nos da pereza afilar azadas y hoces para defender lo que es nuestro.

Y aquí mi tierra, o parte de ella.

Llevo más de diez años lejos de mi tierra y es la primera vez que voy a ir con miedo. Lo reconozco al igual que reconozco que me estoy sintiendo tentado a anular el viaje, la presentación, la publicidad... Abandonar a cambio de la seguridad de mi hogar. Pero voy a ir de todos modos. De no ser así no escribiría ésto, que no es más que una forma de reafirmarme en mi decisión. El sábado llegaré a mi tierra y les llevaré algo de literatura, risas y buen rollo, porque creo que es lo que necesitan. Lo que necesitamos. Y el día siguiente ya veremos que pasa.

viernes, 15 de septiembre de 2017

De oficinas y preguntas


Cierro las bandas del camión, aseguro la carga con el método estipulado (que no homologado, pero esto es un asunto que no voy a tratar aquí) y voy hacia la oficina a por los papeles. Mientras la chica me prepara los albaranes, miro por la ventana y me doy cuenta de que ya no me pasan cosas chulas y emocionantes como antes. Hace unos años mi día a día estaba repleto de situaciones curiosas, extrañas, algunas divertidas y otras de esas que me hacen pensar mucho y sentirme un poco especial; pero por algún motivo todo eso terminó. Puede que algún dios se cansara de jugar conmigo y hubiese elegido a otro para otorgarle el don de la "pasarcosabilidad", dejándome a mi abandonado en esta extraña monotonía, cómoda en cierto modo, pero incapaz de permitirme mantener un blog como éste con la regularidad y coherencia anterior. Pero volvamos a la realidad.

La secretaria se levanta y me entrega los papeles para que se los firme. Agarro el boli, me agacho sobre la mesa y entonces oigo como me dice...
-Oye... ¿Tu has escrito un libro, no?
El hecho de ser reconocido por primera vez como autor de un libro y no como "camionero" o "padre de" o "el tonto ese" me emociona, así que me incorporo, la miro y le digo...
-Dos. Dos libros. A ver si nos informamos un poquito.
La chica parece más sorprendida que admirada, como si mi afirmación hubiese causado un efecto inesperado en ella y entonces llama a su compañero de oficina, en la sala contigua.
-¡Oye, tu sabias que J. habia escrito un libro?
Lo siguiente que oigo es como una silla de oficina es apartada con tanta fuerza que cae al suelo y un secretario rellenito sale a mi encuento con los ojos como platos.
-¿Un libro, en serio? -me dice.
-Si, bueno, son dos, pero ahora estoy liado con el segundo que...
-¿Y lo has escrito tu solo?
-Si. Yo solo. A veces se escriben libros entre varios pero no es lo habitual.
Entonces me doy cuenta de que la chica está hablando con alguien por teléfono, lo cual no me extrañaría siendo ella secretaria, pero el hecho de que no deje de mirarme y señalarme me hace sospechar que la cosa va conmigo. Comienzo a sentirme incómodo y trato de salir de la oficina para volver a la seguridad de mi camión. Desgraciadamente, el hombre parece no haber terminado con su extraño interrogatorio.
-¿Cuantas páginas tiene?
-Pues... Tiene 170, pero en realidad la extensión de los libros se mide en palabras y el mio tiene algo más de 30000, lo cual está bastante bien teniendo en cuenta que el anterior eran...
-¿Y todo lo que pone en el libro te lo has inventado tu? -me interrumpe.
La cosa empieza a volverse rara e incómoda, así que agarro el pomo de la puerta y me dispongo a salir pitando tras la última respuesta.
-Si. Me lo he inventado yo. En eso consiste escribir un libro. Si se lo hubiera inventado otro sería cuanto menos...
Entonces, al ir a salir, encuentro la puerta bloqueada por el corpachón del encargado general, un tipo malhumorado, más ancho que alto y con un sentido del humor que quizás tendría algún sentido a principios de los años sesenta.
-¿Que me han dicho? -me pregunta.
-No lo sé -le respondo.
-Que has escrito un libro.
-Si. Dos. Pero no tiene importancia, de verdad. Tengo que irme.
-¿Sabes que yo estoy escribiendo una novela?
-No, no lo sabía. Pero ánimo. Que no decaiga.
-¿Y como lo has imprimido? -me aborda por detrás la secretaria.
-Se dice impreso. Y en una imprenta. No voy a imprimir doscientos libros con la canon epson stylus de mi casa...
-¿Y eso vale dinero? -comenta el otro.
-No. ¡Lo regalan porque las imprentas están subencionadas por los anunakis!
Pretendía ser una broma pero nadie se ríe. Es hora de huir de allí. 

Dando una voltereta lateral con tirabuzón me lanzo a través de la ventana. De haberme fijado en que estaba cerrada lo habría hecho con los pies por delante, pero a efectos prácticos de huida desesperada casi mola más así. Rompo el cristal con uno de mis mejores rizos, el cual queda aplastado por el impacto pero nada irrecuperable con un poco de garnier rizos definidos y salgo a la carrera mientras los otros tres vienen hacia mi preguntando cosas absurdas, como si la tinta es de calamar o si he hecho yo el dibujo de portada.
El camión está a menos de veinte metros de la oficina, pero el trayecto se me hace eterno. Con los preguntones pisándome los talones y ganándome terreno me doy cuenta de que debería haber dedicado más tiempo al deporte y menos a leer tebeos y a jugar a rol. ¿De qué me sirve ahora saber la diferéncia entre un dragón y un wyrm o que la espada larga es la mejor arma de la segunda edición del Dragones y Mazmorras? ¿De que me sirve saber que la saga de los androides es con diferencia la peorcito que se ha hecho en la serie de Dragonball? Y es justo esa idea la que me lleva a esa basura de Dragonball Super y la misma rábia de saber que hay gente esforzándose por destrozar la serie de mi vida me llena de odio y ese odio me ae fuerzas, las cuales me permiten llegar hasta el camion, saltar a la cabina y cerrar el seguro.

Afuera los dos tipos y la secretaria golpean la puerta con insistencia mientras me preguntan si el tipo de la foto de la solapa soy yo o si el libro está en librerias. Pero yo me siento seguro en mi máquina de 26 toneladas. Arranco, doy la vuelta para salir y entonces veo como el trabajador de esa misma fábrica sitúa una carretilla elevadora de carga de contenedores en la entrada, bloqueándome el paso. Hasta ahora teniamos buena relación, pero parece que la cosa va a cambiar.
-¿Pero es un libro libro de verdad? -me grita desde lo lejos.
Es la gota que colma el vaso. No puedo con mas preguntas extrañas, así que agarro uno de los libros de la cabina (siempre hay que llevar ejemplares encima, me lo decía mi abuelito) y abro la puerta. Mi determinación les empuja hacia atrás como una fuerza invisible y les pongo el libro delante.
-Aqui está -digo mientras se acercan a mirarlo como simios ante un boligrafo de esos de muchos colores.
Uno intenta tocarlo pero se lo aparto de las manos.
-Si os interesa, son 12€.
Y de pronto el hechizo parece romperse. El ensueño de fascinación literaria se desvanece a medida que el coste económico penetra en sus cerebros y activa las terminaciones nerviosas que van hasta sus bolsillos y emiten señales de alerta.
Bueno ya me lo pensaré, es que yo casi no leo nunca, es que no tengo tiempo, quizás más adelante... Son algunas de las frases que murmuran mientras se alejan dejándome solo con mi libro. Y de algún modo,lejos de aliviarme, ello me deja con una extraña sensación de desasosiego, como si tal incidente marcara el precedente de algo que fuese a repetirse muchas veces.
El cielo está más gris de lo que recordaba.
Parece que vaya a llover.
Como si las nubes lloraran por mi.

NOTA: Todas las preguntas absurdas utilizadas en esta entrada me las han hecho de verdad, por lo que su autoría es propiedad de gentes variopintas del apasionante (y culto) sector del mármol de la provincia de Alicante. A todas ellas, grácias por la inspiración.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Un paso más hacia la perfección del ser (humano)




Debo reconocer que estaba perdiendo la fe. Que en el año 2017 y con casi cuarenta años a mis espaldas, eso que anunciaban como futuro nunca iba a llegar y que tendría que vivir el resto de mis días en esta prolongación de un presente que, sinceramente, ya empezaba a oler a pasado. Pero parece ser que alguien lo ha logrado. Alguien ha sacado pecho y ha decidido dejarse de redes inalámbricas, robots cutres que solo montan coches y microchips diminutos y ha inventado algo que nos abre las puertas al verdadero futuro; a ese que anhelábamos y que iba a marcar un antes y un después en la historia de la humanidad. Y es que han inventado... ¡El fluido vaginal con luz!

Tal genialidad imprescindible de ahora en adelante, llamada “Passion dust” ha sido creada por la compañía Pretty Inc y consiste en una simple cápsula que se introduce en la vagina de la mujer (claro) un rato antes de un coito (suponiendo que ella tenga claro que va a tener un coito asegurado, ya que de otro modo, la cápsula es irrecuperable) y ésta libera una serie de productos, entre ellos colorantes, purpurinas, azúcares y aromas artificiales (porque la purpurina es natural, se sobreentiende) que dota a sus normalmente aburridos fluidos íntimos un brillo inigualable y un sabor inimitable. ¿Se puede pedir más? 

Supongo que algunos inconformistas estarán mirando el lado negativo del invento, como que puede producir desajustes hormonales, asma, infecciones, facilitar la propagación de enfermedades venéreas... Pero en mi opinión y siendo algo optimista, creo que no debemos dejar que cuatro tonterías ensombrezcan algo tan maravilloso como una vagina con lucecitas.

El futuro está aquí y es hora de meterse en él.

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No queda nada en pie tras la tormenta.

Solo pedazos de momentos que me afano en recuperar.

Los reúno sobre la arena de un reloj roto y trato de encajar las piezas,
como un puzzle de sentimientos que se mezclan sin sentido.

Pero es una tarea difícil.

A veces encuentro dos piezas que significan algo y me hacen sonreír,
mientras que otras se forman recuerdos que preferiría hacer dejado a la deriva.

Y pienso que en cualquier caso ha merecido la pena.

Luchar contra el viento y el granizo,
dejarse llevar por el maelstrom,
llorar y reír bajo la misma lluvia,
bailar al son de la misma música por una vez.

jueves, 17 de agosto de 2017

Jevis (paternidad 47)


Ser padre es fuente de novedades y experiencias contínuas. Normalmente se trata de pequeñas cosas; pequeñas cosas enervantes y agotadoras que le hacen pensar a uno que ha errado su camino en la vida y que la muerte va a ser su única salvadora a esta existencia de trabajo duro, estrés emocional y una vida familiar enervante hasta el punto de descomponer el sistema nervioso central. Pero a veces pasan cosas que a uno le hacen pensar. Y en mi caso escribo lo que pienso y no contento con eso, lo publico aquí con la sana intención de ilustraros con mis experiencias. Pero voy al lio.

Cuando no era más que un preadolescente lleno de granos y con un físico semejante al de un crustáceo decapoda dendobranquiado, las puertas del valhalla se abrieron y fui bendecido por los dioses con el don de poder sentir el metal. El verdadero metal. Y desde entonces fui asiduo comprador de cedeses de saldo de Iron Maiden y asistente a conciertos y festivales de toda índole que... Bueno, no de toda índole, ya que si algo no sonaba todo lo jevi que debiera, tenía todo mi asco y desprecio desde lo más profundo de mi cromado corazón.
Y al principio molaba mucho; había encontrado mi lugar en el mundo, mi identidad, mi gente (o hermanos del metal, como me gustaba llamarlos) y de todas las experiencias posibles, la más gratificante era la de los festivales. Jevis por miles, música, bandas a tutiplén, polvo, pelos, mugre... El summum de ser jevi, vamos.
Algunos años después la cosa cambió. Tal y como me iba adaptando al mundo real, conocía a gente no jevi y basicamente maduraba, los festivales dejaron de ser mi única referencia posible y comenzaron a perder fuelle. Los cámpings me parecían agotadores, el sol me quemaba cada vez más, los grupos que no me gustaban eran una pérdida de tiempo...
Fnalmente dejé de asistir a festivales y conciertos salvo de forma muy esporádica y siempre que quedaran cerca de casita. Es lo que se llama ser viejo, estar cansado de todo y sentir como la apatía de la vida te consume. Pero entonces llegó el Leyendas del Rock, el cual no solo es uno de los grandes festivales jevis de este país si no que además me queda al ladito de casa. Pero al ladito ladito, de ir y volver con el coche en un momento.
El Leyendas le dio un nuevo sentido a ir a festivales. Podía coger el coche, ir a ver a los grupos que me gustaban, volver a mi casa a cenar y de vuelta al festival si luego me apetecía. Había llegado al control absoluto del cuerpo sobre el concierto. Había alcanzado la perfección. Pero lo raro estaba aún por llegar. Y ahora comienza la entrada de verdad.

Este año decidí dar un paso evolutivo lógico y no solo ir al Leyendas como llevo haciendo desde hace tres o cuatro años: Ir acompañado por mi hija mayor que tiene siete años, casi ocho, y ello significa que está preparada moralmente para mezclarse entre las gentes del metal y además (punto clave), no paga entrada todavía. Y allí estábamos, padre e hija, caminando entre melenas que giraban cual molinillos de pelo, gente saltando, brazos rematados con puños terminados en cuernos... La cosa parecía hacerle gracia al principio pero al poco ya me pidió ir a dar una vuelta por las instalaciones "a ver que había" y yo pensé "que quieres econtrar aquí, una ludoteca" y efectivamente llegamos a la ludoteca del Leyendas del Rock. ¡¿?!
Situada en un lugar privilegiado del recinto, a la sombra de altos olmos y con bar y aseos (limpios) propios, la ludoteca era una zona de columpios con monitores y mesas de actividades en las que los padres jevis podían dejar a sus retoños mientras iban a beber como cosacos o a sacrificar gente para invocar demonios del infierno. Yo, en cambio, decidí sentarme en una sillita a reposar el alma y observar a los niños con camisetas de motorhead tirarse por el tobogán. Y entonces, de pronto, mirando a mi alrededor, tuve una de esas revelaciones que empiezan con un tempus fugit.
De pronto me di cuenta de que yo era un padre. Un padre que había acudido con su hija a un concierto y que había acabado relegado a unos columpios donde se oía de fondo a los Tankard berrear como bestias. Y a mi alrededor otros padres y sobretodo madres en la misma situación que yo nos obsevábamos de rejo, como apoyándonos en nuestro estado, como hermanos... hermanos del metal de nuevo, como cuando todavía estaba en mi fase gamboide. Y de pronto me sentí vivo y libre. Yo, el raro entre los raros había encontrado mi lugar en unos columpios de un festival, sentado en una silla de plástico y con un granizado de limon en la mano. Por fin, después de tantos años podía relajarme. Pero poco iba a durarme la tranquilidad, pues una terrible paradoja se estaba acercando a mi para ensombrecer ese instante de iluminación.

Reconozco que me cuesta fijarme en las cosas y darme cuenta de lo más elemental que pueda haber a mi alrededor, pero al final uno capta las señales y se entera de que algo pasa. Una madre me sonrió. Una chica algo más jóven que yo, con una camiseta negra y mallas me miró y sonrió aprovechando que yo estaba dirigiendo mi vista a los precios de los polos y me la crucé por el camino. También le sonreí. Mirada y sonrisa cómplice de quien se ve en una situación extraña pero se consuela pensando que no es el único. No se repitió, pero poco más tarde, cuando me acerqué a la niña a decirle que se estaba haciendo tarde, pude notar como otra madre, una pelirroja alta y pecosa me lanzó otra mirada la cual no pude esquivar y hubo otro intercambio de sonrisas. Me sonrió la monitora y otra madre, esta última más entrada en años pero que causó el mismo efecto extraño en mi. Llevaba veinte años asistiendo a festivales y nunca, jamás, me había comido una rosca. ¿Podría ser que el cambio de situación al haberme convertido en un hombre maduro acompañado por su hija hubiera cambiado mi suerte? Podría parecer algo positivo pero el ir con la niña me impedía a su vez cualquier tipo de acercamiento. ¿Era eso justo?
Decidí tomar la via cobarde y largarme de allí cuanto antes con la excusa de que se iba a hacer de noche y no llevo luces delanteras en el coche ya que es un modelo antiguo, pero por el camino encontré más muestras de afecto por parte de chicas, ya no tan madres que me veían pasar de la mano de mi pequeña. Y sé lo que pensaban. Pensabn "oh, mira que padre tan apuesto solo con su niña, seguro que es soltero, o viudo, a saber cuánto tiempo llevará sin tocar a una mujer" y no soy soltero ni viudo, pero no irían tan desencaminadas con lo otro así que aceeré el paso porque si hay algo peor que no ligar es ligar y no poder entregarse al amor. Traté de evitar las miradas pero resultaba imposible; era como si el mundo entero se hubiera detenido para verme pasar. Comencé a cojear pensando que si fingía un defecto físico parecería menos atractivo pero solo logré empeorar las cosas "oh mirad a ese atractivo padre viudo que quedó herido al salvar a su hija de algo horrible, vamos a hacer que olvide su dolor" y por los pelos logré salir deese lugar repleto de miradas lascivas que prometían felaciones eternas a ritmo de Slayer y Pantera.

El año que viene vuelvo.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Regalos de mierda (18 de 284)



Son las siete de la tarde. Empieza a oscurecer. El niño está sentado en su cuarto, en penumbra, mirando por la ventana con expresión sombría. En el parque de enfrente de su casa los niños juegan y ríen. Niños despreocupados, acompañados de sus madres, tirándose bolas de nieve y comiendo helados de fresa en una envidiable armonía. El niño les envidia. Envidia de la mala. De la de odiar. De la de desear desintegrarse y reencarnarse en un crio normal con una madre normal. 

La puerta de la habitación se abre. La madre asoma la cabeza y se fija en la figura agazapada y torcida de su hijo. Éste la mira con los ojos vacíos de emociones, creando una zona negativa entre ellos que a duras penas deja pasar el aire y propagarse el sonido. A pesar de ello la madre se esfuerza en hacerle llegar su voz.

-¿Estás bien, hijo mío...? Te noto algo obnubilado, triste, melancólico, taciturno, abatido, afligido y umbrio.

-Necesito un cerebro-. Responde el niño tras unos segundos de silencio.

-¿Como el espantapájaros de Mago de Oz? ¿O como Aníbal Lecter?

-Como ninguno de los dos, mamá. ¿Estás loca? Necesito una reproducción de un cerebro humano para clase de anatomía neuronal avanzada y no he hecho nada porque me tienes amargaaaadooo...

-¿Anatomía neuro qué? Pero si solo tienes...-. Comienza a decir la madre pero el niño la interrumpe.

-Voy a suspender tanto que me van a bajar dos cursos y volveré a...

-No te preocupes hijo mio-. Dice la madre resuelta. -Te conseguiré ese cerebro.

Lo siguiente que el niño ve es a su madre cruzando el parque derribando niños, apartando carritos a patadas y adentrándose en el bosque más ocuro que ninun ser humano haya visto jamás. En dirección al bazar chino del otro lado, sin duda.

A la mañana siguiente un rayo de sol entra por la ventana y se clava en el ojo izquierdo del niño, que al abrirlo, se encuentra con una cajita a su lado. No con poco miedo la abre y contempla con estupefacción, asombro, pasmo, desconcierto, conmoción, estupor y consternación lo que contiene.



miércoles, 2 de agosto de 2017

Os lo juro.



Os juro que este año no quería. Os juro que no estoy de humor y este tipo de cosas no apetecen. Acabo de enviar el libro nuevo a la imprenta y eso me ha representado una carga de estrés que no me esperaba. Y luego está el trabajo, que estas fechas no perdona. Y todo el mundo tiene prisas y tu no quieres saber nada de él pero ahí está: El mundo que te oprime y te empuja y te obliga a ir a su ritmo.
Y cuando crees que no puedes más, sigues adelante y maldices al cielo donde te observa un poderoso e inmisericorde astro que recalienta nuestra vida hasta el límite del licuado. Y entonces te das cuenta de que…
Hace un calor que…
Te torras.
Te torras.
Y te torras.


.

El cielo está nublado sobre mi cabeza pero no puedo evitar el mirarlo con detenimiento,
esperando encontrar un retazo de tu azul entre las nubes.
Pero éstas apenas se alteran en su empeño de ocultarte de mi,
como si se tratara de un acto deliberado de inmovilismo.

Y te busco entre pareidolias de tu cuerpo redondeado,
de los dibujos grabados en tu piel,
de los gestos involuntarios que te definen,
pero no encuentro ni rastro de ti.

Cierro los ojos para intentar ver con mas claridad el cielo bajo el que habitas,
pero incluso así las nubes siguen ahí, cambiando sin cesar pero sin dejar hueco entre ellas,
sin dejar atisbo de ti en la inmensidad del firmamento.
Y el tiempo transcurre ante mi sin que nada suceda.

Abro los ojos intentando regresar a la realidad,
pero las nubes siguen arrojando sombras sobre mi,
ocultandme la luz y atrapándome en este anhelo de libertad.

Pareidolias de ti danzando y riendo como si todo fuera como nunca había sido.
Pareidolias despreocupadas que me ocultan el cielo y me hacen sonreir.

viernes, 28 de julio de 2017

Una reflexión sobrante.




La muerte está ahí; desde siempre; antes y después de todo. La muerte forma parte de nuestras vidas desde el minuto uno de nuestra existencia y de nuestras consciencias desde que se nos muere la primera mascota o vemos a un pajarito tieso en el suelo y alguien nos dice eso de "a ti también te va a pasar, no lo olvides nunca". ¿Y como olvidarlo si la muerte se pasea entre nosotros a su antojo, llevándose a ancianos, enfermos e incautos con una tranquilidad admirable?

Y así vivimos, como si nada, dándole la espalda y tratando de alejara con planes de futuro, rutinas y diseminaciones genéticas en forma de hijos a los que pedirles disculpas por haberles gastado esta broma llamada vida. Pero la muerte sigue ahí aunque giremos la cabeza, aunque corramos y nos ocultemos en el más ignoto lugar imaginable. 

Porque llegará, más tarde o más temprano. Algunas veces esperará pacientemente a que nuestro cuerpo envejezca y se marchite, otras nos marcará con la enfermedad como si de un reloj de arena fatal se tratara y otras, como si ésta estuviera azuzada por algún impulso incomprensible, aparecerá desde las sombras, acechándonos por la espalda como un felino y nos tocará con su dedo en el momento más imprevisto, sea una carretera, el trabajo o en nuestra propia casa; y así de este último modo no solo nos llevará al más oscuro, silencioso e insípido lugar del cosmos sino que segará con un golpe de su implacable guadaña todos nuestros sueños, anhelos y expectativas, cortando también ese "nos vemos luego" al salir de casa, ese "mañana iremos al parque" prometido a un hijo, el "vamos a dejarlo para el año que viene", el "necesito ya las vacaciones" y cualquier otro gesto que pudiera hacer pensar en un mañana.

Porque la muerte se lleva mucho más que vidas. Se lleva pequeñas partes de todos cuantos quedamos aquí, hasta que estamos tan vacíos que solo nos queda desear ser los siguientes.

viernes, 21 de julio de 2017

Me cago en... los metereológolos (o como se escriba eso)


Una de las seudociencias que más rabia me dan es la meteorología. No es que tenga nada en contra de las creencias ajenas, por muy absurdas que éstas me parezcan, pero es que lo de esos señores que se creen capaces de predecir el tiempo se pasa de castaño oscuro.

La mal llamada ciencia de la meteorología consiste, por si alguien no lo sabe aún, en predecir el clima futuro basándose en absurdas evidencias presentes, como la humedad del aire, las corrientes térmicas o los hectopascales, que son cosas que ni siquiera existen pero que hemos oído tantas veces que las hemos normalizado. Seguro que a nadie le extrañan palabras como isovaras, anticiclones o heliopondios ya que a fuerza de oírlas por la tele se nos han quedado, igual que eso de los derechos humanos. 

¿Y qué debemos hacer con esto? ¿Hay que derrocar este falso mito a base de educación? ¿Hay que sacrificar a todo el que salga a la calle diciendo eso de “Uy, pero si dijeron que llovería y hace un sol que derrite las piedras”? Si, por supuesto, pero antes de dejarnos la piel en esta justa cruzada, hay que pararse a analizar el porqué hemos llegado a este punto. 

En primer lugar, el ansia por controlar el clima ha estado presente desde los albores de la humanidad. Las hormigas corren más cuando va a llover, las ovejas dan saltos y los pájaros vuelan bajo. ¿Por qué nosotros no hacemos nada raro? Pues porque somos una especie de mierda y no nos enteramos. Es por ello que ante una carencia tan acomplejante, aparecen los listos de siempre asegurando ser la solución a nuestros problemas y como no, los creemos a pies juntillas y los convertimos en nuestros mesías, olvidando sus numerosos errores y alabando sus escasisimos aciertos.

Y así pasan los años, una cosa lleva a la otra y cuando queremos darnos cuenta esos chamanes de la predicción climática salen después del telediario vestidos de traje y corbata, anunciando con total seguridad que los vientos del norte azotarán las costas de levante y patatín patatán…
Repito que no me parece mal; pero que lo hagan en sus casas y no con el dinero de todos. Que los pongan por la noche después de la teletienda, vestidos con hojas y rafia y con sombreros graciosos pero no así. No así, por favor.

Lo que pasa, o al menos lo que creo yo que pasa, es que todo esto forma parte de un complot del gobierno. Los señores que nos dirigen utilizan a los meteorólogos como muro de contención, como prueba de nuestro aguante… Como esos pajaritos que metían en las minas para avisar con su muerte de la presencia de radón, los meteorólogos son el indicador de la gnorancia y la estupidez de esta sociedad; y hasta que no nos vean aparecer, antorchas en mano a acabar con tal lacra, tendrán la seguridad de que pueden seguirnos robando, hipotecando la educación de nuestros hijos, la sanidad y que si se quema un bosque para ser recalificado, aún anunciándolo con luces de neón, aquí nadie va a mover un dedo.

Aunque hay algunas excepciones...


jueves, 13 de julio de 2017

De conejos y lenguas (pero en latín)




El otro día llegué con el camión a una fábrica y me encontré con que el muelle de carga ya estaba ocupado por otro, con lo cual tuve que esperar a que terminara, tiempo que aprovecho para jugar a videojuegos y ver porn... esto... tiempo que aprovecho para limpiar y escribir. Cuando el camión salió por fin, pude fijarme en que el nombre de su empresa era "Transportes Cuni". Os lo juro. Y como soy un hombre de cultura más alllá de lo ordinario, supe al instante que la palabra "cuni" viene del latín, que significa "conejo" y entonces por una de esas cosas de la vida que vienen sin que uno se lo espere, me di cuenta de que ya no lamemos las cosas como antes. Y creo que va a ser una reflexión importante e interesante, así que leed con atención.

Recuerdo perfectamente los años ochenta. En esos tiempos los niños jugábamos en la calle, especialmente en verano, cuando el sol no daba cancer, no había coches que te atropellaran cada medio minuto y los repartidores de caramelos envenenados eran solo leyendas. En esos tiempos a veces aparecía el familiar de turno que te había comprado una chocolatina (léase huesito o similar) y al abrirlo con alegría comprobabas que éste se había derretido por el calor hasta el punto en el que todo el recubrimiento de chocolate estaba pegado en el envoltorio. ¡Y no pasaba nada! Nos comiamos el esqueleto de galleta y después lamíamos durante horas el papel, después los dedos manchados y finalmente el suelo en caso de que se nos hubiera caido alguna gota. Pero hoy en día ya no.

Hoy en dia todo se guarda en cámaras refrigeradas, se expone en estanterías con aires acondicionados y seguramente, lleven ingredientes antiderretidores, de modo que aunque hayan 45º de temperatura, la chocolatina que ahora compramos para nuestros hijos/ sobrinos está dura y lista para ser comida sin ni siquiera manchar las yemas de los dedos. Y esto, aunque quede muy limpio e ideal, tiene sus terribles consecuencias.

El atrofie de lengua está entre una de las nuevas dolencias de nuestra sociedad moderna junto con la desaparición de los dedos de los pies y la alopecia. Los niños no la utilizan y eso deriva en adultos que no la utilizan y al final, por cuestiones evolutivas, acabaremos naciendo con la lengua débil y pequeña, lo cual me parece terrible. Una humanidad futura de lengüitas débiles y fofas es vulnerable a plagas, enfermedades, invasiones extraterrestes y como bien dice la estadística, los planetas dominados por especies con lenguas fofas, tienen un 25% más de posibilidades de ser alcanzados por meteoritos gigantes. Además claro está del tema amoroso en el que no voy a entrar en esta reflexión porque luego me pongo a hablar de labios y fluidos, la gente me malinterpreta y no puedo decir nada que rime con ocho.

Así que ya lo sabéis. Por vuestro bien y el de vuestros hijos. Por el bien de la humanidad y el planeta: Ejercitad vuestras lenguas. Lamed cosas. Lo que sea. Sin parar. Hasta el final. Hasta que os digan basta. Algún día me lo agradeceréis.

sábado, 1 de julio de 2017

Rutina de un día cualquiera


Seis de la mañana. En ese microsegundo entre activarse el despertador y sonar la primera nota de la alarma, lo paro con el dedo meñique de la mano izquierda, con la precisión de un bisturí laser suizo. Me levanto de un salto y me enfundo en mis pantalones y zapatillas para bajar las escaleras de seis en seis y entrar en la cocina. Me preparo un zumo de pomelo al que añado medio limón para darle algo de cuerpo y me lo bebo de un trago. Dejo caer una lágrima que cuando toca el suelo lo perfora como haría un alien herido. Después bajo al sótano, a mi pequeño santuario lúdico y me siento frente al teclado; me concentro y dejo fluir mi imaginación que me envuelve de formas y colores abstracotos a los que voy dando forma a base de palabras y frases que forman historias apasionantes. Mis dedos recorren el teclado con tal rapidez que el procesador intel pentium de 450 megapondios apenas es capaz de seguirme el ritmo. Cuando termino me dirijo a mi pequeño gimnasio particular y hago abdominales y levanto pesas hasta que éstas dicen basta y subo a asearme. Me miro en el espejo del baño y veo un cuerpo que envidiarían muchos hombres con veinte años menos. La imagen del espejo me mira con ojos de fuego y me dice "sal ahí fuera y cómete el mundo".

Ocho de la tarde. Llego a mi casa arrastrando los pies y subo las escaleras a cuatro patas. Saludo a la familia y bebo agua, la cual se derrama inmediatamente por todos los poros abiertos de mi piel. Nadie osa acercarse a mi de puro asco. Me encierro en el lavabo y pongo en marcha la ducha. Antes de entrar me miro en el espejo. El señor mayor y fofo que veo reflejado me mira con una sonrisa extraña y sus ojos de hielo se clavan en mi. "¿Quien se ha comido a quén, finalmente?", me dice.

.



No hay más luz que tu luz,
cuando el cielo está gris y la lluvia no deja ver.
No hay más olor que tu olor,
cuando el viento trae retazos de aromas lejanos.
No hay más voz que tu voz,
cuando sueño despierto y no quiero dormir.

Y me aferro a la idea de que algún día todo será distinto,
sin presión ni miedo ni nada que ocultar.
Y lucho continuamente por permanecer,
por seguir siendo al menos, un recuerdo en tu piel.
Una sombra en las noches oscuras.

Porque no hay más luz que tu luz,
ni más olor que tu olor,
ni mas voz que tu voz,
cuando cierro los ojos y trato de respirar.

martes, 20 de junio de 2017

Consultorio del Dr. Testículo: Consulta 14



 Hacía tiempo que nadie se acercaba al consultorio, así que he recibido con alegría esta carta, a pesar de que algunos problemas escapan a mi capacidad ayudativa. Vamos a leerlo.

Hola Dr. Testículo, soy una mierda.
Saludos amigo. Tengo un problema que no me deja dormir por las noches y que además, estoy seguro de que afecta a más personas, por lo que creo conveniente exponerlo en público para así poder exponerlo a la mayor cantidad de personas.
El caso es que yo era una persona normal, con una vida feliz y tranquila hasta que un buen día buscando videos de gatitos en Internet me topé con uno de esos videos para adultos en el que aparecían dos señoritas que muy amablemente y al unísono, felaban a un afortunado caballero.
Tal visión, aunque fugaz, me turbó en sobremanera pues no pude dejar de preguntarme cómo una persona, nacida en condiciones similares a las mías y viviendo en una estructura social parecida, podía llegar a tal posición privilegiada.
¿Se trata de pura suerte o de una estrategia bien diseñada?
En caso de ser lo segundo y admitiendo que me costaría creer lo primero…
¿Cómo podría hacer para verme en esa misma tesitura?
¿Cuál es el secreto, Dr.?

Querido amigo anónimo. Ante todo le agradezco que haya aprendido a escribir en su momento, ya que normalmente la gente que se dirige a mi lo hace con una gramática que hace que me sangren los ojos.
En cuanto a la respuesta a su pregunta… Lamento decirle que por primera vez desde que tengo abierto este consultorio, no voy a ser capaz de solucionarle esta duda.
¿O acaso cree que si yo supiera como lograr eso estaría aquí en este consultorio de pacotilla? Por favor…

Quizás la clave esté en los abdominales...

lunes, 12 de junio de 2017

Regalos de mierda (17 de 284)



Encerrado en su habitación, el niño estaba absorto en una serie de operaciones matemáticas con tal de averiguar qué juguete podría contener el menor número de errores a la hora de ser adquirido para así comprobar si su madre era víctima de una serie de malas casualidades o si, tal como él sospechaba, era una persona genéticamente diseñada para equivocarse. Las paredes del cuarto estaban empapeladas con bocetos y operaciones matemáticas tales como ecuaciones, raíces cuadradas y restas con coma; los regalos con facilidad de confusión eran desechados y cambiados por otros con un índice mayor de acierto. Finalmente, a altas horas de la madrugada se oyó un grito de “eureka” en el vecindario. Por fin lo había conseguido.
Según los cálculos, el regalo más seguro era el de “coche de policía” con un 99,89% de probabilidades de éxito. Le había costado semanas de trabajo, búsquedas en Internet y encuestas a pie de calle, pero por fin lo había logrado. Cansado pero feliz, bajó las escaleras y se encontró a su madre preparándose un bocadillo de callos.
-Mamá, ya se que quiero para mi cumpleaños –le dijo con alegría.
-Oh, que bien. En cuanto me coma la tortilla de caracoles salgo a comprártelo.
-Gracias mamá, eres la mejor –dijo él tratando de aparentar normalidad para la mejor consecución del experimento.
Y así la madre salió y regresó al día siguiente con un paquetito entre las manos. El niño lo abrió fingiendo felicidad y su semblante se oscureció al ver el contenido.
Nubes negras se acercaban a la ciudad. Sería la peor tormenta que jamás azotara esa región.