martes, 20 de junio de 2017

Consultorio del Dr. Testículo: Consulta 14



 Hacía tiempo que nadie se acercaba al consultorio, así que he recibido con alegría esta carta, a pesar de que algunos problemas escapan a mi capacidad ayudativa. Vamos a leerlo.

Hola Dr. Testículo, soy una mierda.
Saludos amigo. Tengo un problema que no me deja dormir por las noches y que además, estoy seguro de que afecta a más personas, por lo que creo conveniente exponerlo en público para así poder exponerlo a la mayor cantidad de personas.
El caso es que yo era una persona normal, con una vida feliz y tranquila hasta que un buen día buscando videos de gatitos en Internet me topé con uno de esos videos para adultos en el que aparecían dos señoritas que muy amablemente y al unísono, felaban a un afortunado caballero.
Tal visión, aunque fugaz, me turbó en sobremanera pues no pude dejar de preguntarme cómo una persona, nacida en condiciones similares a las mías y viviendo en una estructura social parecida, podía llegar a tal posición privilegiada.
¿Se trata de pura suerte o de una estrategia bien diseñada?
En caso de ser lo segundo y admitiendo que me costaría creer lo primero…
¿Cómo podría hacer para verme en esa misma tesitura?
¿Cuál es el secreto, Dr.?

Querido amigo anónimo. Ante todo le agradezco que haya aprendido a escribir en su momento, ya que normalmente la gente que se dirige a mi lo hace con una gramática que hace que me sangren los ojos.
En cuanto a la respuesta a su pregunta… Lamento decirle que por primera vez desde que tengo abierto este consultorio, no voy a ser capaz de solucionarle esta duda.
¿O acaso cree que si yo supiera como lograr eso estaría aquí en este consultorio de pacotilla? Por favor…

Quizás la clave esté en los abdominales...

lunes, 12 de junio de 2017

Regalos de mierda (17 de 284)



Encerrado en su habitación, el niño estaba absorto en una serie de operaciones matemáticas con tal de averiguar qué juguete podría contener el menor número de errores a la hora de ser adquirido para así comprobar si su madre era víctima de una serie de malas casualidades o si, tal como él sospechaba, era una persona genéticamente diseñada para equivocarse. Las paredes del cuarto estaban empapeladas con bocetos y operaciones matemáticas tales como ecuaciones, raíces cuadradas y restas con coma; los regalos con facilidad de confusión eran desechados y cambiados por otros con un índice mayor de acierto. Finalmente, a altas horas de la madrugada se oyó un grito de “eureka” en el vecindario. Por fin lo había conseguido.
Según los cálculos, el regalo más seguro era el de “coche de policía” con un 99,89% de probabilidades de éxito. Le había costado semanas de trabajo, búsquedas en Internet y encuestas a pie de calle, pero por fin lo había logrado. Cansado pero feliz, bajó las escaleras y se encontró a su madre preparándose un bocadillo de callos.
-Mamá, ya se que quiero para mi cumpleaños –le dijo con alegría.
-Oh, que bien. En cuanto me coma la tortilla de caracoles salgo a comprártelo.
-Gracias mamá, eres la mejor –dijo él tratando de aparentar normalidad para la mejor consecución del experimento.
Y así la madre salió y regresó al día siguiente con un paquetito entre las manos. El niño lo abrió fingiendo felicidad y su semblante se oscureció al ver el contenido.
Nubes negras se acercaban a la ciudad. Sería la peor tormenta que jamás azotara esa región.


sábado, 3 de junio de 2017

Microfelicidad efimeropasiva





No sé si hoy en día queda alguien que viva ajeno al fenómeno del “coaching”, pero por si acaso y en mi afán divulgativo y culturizante con el que escribo en este blog, voy a permitirme el ofrecer una pequeña explicación para aclarar posibles dudas sobre este nuevo fenómeno cultural y social.
La palabra “coach” es un anglicismo de ésos que tanto nos gusta utilizar para sentirnos modernos y cosmopolitas y que significa “preparar” de modo que un coacher vendría a ser un preparador. ¿Y prepararnos para qué? Pues para que va a ser: Para la vida. Y es que dama y caballeros, aunque seamos gente adulta, madura y con toda una vida repleta de experiencias más o menos constructivas… No tenemos ni puta idea de qué estamos haciendo.

El coacher generalmente es un señor (o señora) que es guapo, viste bien y se nota que tiene pasta porque va al gimnasio y lleva el pelo muy arreglado, al que a todos nos gustaría parecernos, el (o la) cual nos cobra por hacernos creer cosas como que somos mejores de lo que en realidad somos, que podemos alcanzar todas nuestras metas y cumplir con nuestros sueños, obviando que podríamos vivir tan tranquilos sin metas ni sueños llegando a viejos y muriéndonos apaciblemente como se ha hecho siempre. El coacher nos miente y nos engaña poniéndonos ejemplos de personas mejores que nosotros (aunque ficticias en muchos casos) y utilizando la clásica treta de la comparación para hacernos sentir desgraciados y por lo tanto con el absurdo deseo de mejorar. Tal artimaña, por supuesto, tiene sus inconvenientes, ya que cuanto más altas estén nuestras aspiraciones, más gorda será la ostia que nos demos al aceptar finalmente que nosotros no podemos alcanzarlas; pero para entonces, el coacher ya se habrá ido muy lejos con su cochazo y no podremos reclamarle que nos devuelva nuestro dinero ni nuestra dignidad.

Porque no debemos olvidar NUNCA que no somos más que basura. Pequeñas bolsitas de basura malolientes y rezumantes que se juntan para darse calor y crear este enorme vertedero llamado sociedad, el cual es tan repugnante que nos da asco a nosotros mismos pero que al mismo tiempo no nos permite escapar, obligándonos a acomodarnos como buenamente podamos para resistir el mayor tiempo posible este incómodo tormento que es la vida. Porque si en sociedad somos insoportables, en soledad ni siquiera valemos nuestro peso en excrementos de rata. Y da igual lo que hagamos. Da igual escribir un libro que ganar mucho dinero prostituyéndonos en una gran empresa multinacional como irnos de vacaciones a un lugar exótico y recoger envidias y “me gusta” en redes sociales a capazos. Pero eso el coacher no lo dice, aunque lo sabe, porque es mucho más rentable animar a quien está hundido que hundir a quien cree tener posibilidades de escape dejándole vivir un tiempo en la extraña felicidad de la inopia, que no viene a ser otra cosa que una pequeña Corea del Norte particular.

Pero yo, oh fieles lectores, siendo demasiado pesimista para verme afectado por el influjo de cualquier preparador, he ideado mi propio método para subsistir en este mundo alienante y opresivo de decepciones apilables. Y lo he llamado: Microfelicidades efimeropasivas. Y encima, os voy a explicar en qué consiste.

Una microfelicidad efimeropasiva es, tal como habréis deducido por su nombre, un pequeño momento de satisfacción que obtenemos sin habernos esforzado lo más mínimo. Por ejemplo, cuando vemos como ese compañero de oficina (o de camión, o de lo que sea) que tan mal nos cae se cae (ahora literalmente) rodando por las escaleras y se hace daño. ¿Ha molado? Si ¿Hemos tenido algo que ver en ello? No. Por eso hay que nutrirse del momento y disfrutar. Otro ejemplo, esta vez más personal y menos genérico:
Yo a veces voy a la playa, no porque me guste sino por obligación familiar. Y una vez allí, veo tipos con músculos; porque los hay. Hombres altos, guapos, bronceados, con sus pectorales, sus bíceps con venas y sus abdominales marcados; y siento envidia, porque están buenos y todas las mujeres les miran y les desean dentro de ellas. Pero luego pienso en las horas de gimnasio, los batidos de huevo crudo con polvos de proteínas, los remordimientos después de comerse una palmera de chocolate… y se me pasa un poco. ¿Es esto una microfelicidad efimeropasiva? No. Pero si lo es cuando veo a otro tipo, más bajito y gordo que yo y me doy cuenta de que estoy mejor que él y sin haber hecho nada por conseguirlo. Ahí si. Ahí puedo regodearme, hinchar pecho y sentirme bien.
 
Cuando te caigas por unas escaleras, estaré observandote
Y aunque penséis que alegrarse de las desgracias ajenas es de ser malas personas, quitáoslo de la cabeza ya que como he comentado antes… Nosotros en ningún momento hacemos nada por forzar ninguna situación. Simplemente contemplamos el mundo a nuestro alrededor y somos felices comparándonos con aquellos que están peor. Y si eso es malo… Que baje dios y me juzgue.


Próxima entrada: Juicio en el purgatorio.

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No pude tomarte en serio cuando entre risas, me dijiste que no me libraría de ti tan fácilmente.
Lo que tomé como una frase que hacía referencia a tu perseverancia, era en realidad una advertencia sobre mi vulnerabilidad.
Porque te clavaste en mí como una espina emponzoñada cuyo veneno recorre ahora mis venas, recordándome quién eres y dónde has estado, con cada latido de mi corazón. Una toxina de dulce néctar incapaz de ser eliminada, que incita a soñar despierto y vivir dormido.
Como el caballo de Atila que quema para siempre la tierra por la que pisa, grabaste a fuego tu paso en mi consciencia, mi memoria y mi cordura.
Una frase entre risas en una tarde de verano, en un espacio vacío donde ya no brilla el sol.
Una frase que recuerdo, y sonrío feliz de comprenderla al fin.

domingo, 28 de mayo de 2017

Choque de coches (paternidad 46)


La feria. ¿Qué se podría decir y cuánto escribir sobre ese antiguo divertimento ambulante que alegra las vidas de los rústicos pueblerinos con música, luces de colores y puestos de venta de artilugios nunca vistos hasta el momento? Se podría decir que están desfasadas, que son agobiantes, que huelen raro y que hacer que un niño de dos vueltas sobre un mismo eje montado en un cochecito de plático cuesta un ojo de la cara, pero no, no voy a ponerme crítico esta vez, porque llevo una semanita de autocríticas que me tiene agotado y aunque vosotros no sepáis nada porque aunque yo hago mi vida un poco pública aquí, tengo un límite en cuanto al exhibicionismo emocional, voy a dejar ese tema aparcado a un lado.

La feria, decía. Ese lugar que atrae a niños y a mayores que tienen niños, como la miel al oso, la caca a la mosca y el amor al corazón solitario. Y como no, allí estaba yo, no con una si no con dos pequeñas que me decían cosas tan bonitas como "tero eso", "quiero subir a todo", "papá no te pares a hablar con nadie" y "que tero eso he dicho" y como a uno no le da el alma ni la moral para resistir tanta presión, cuando quise darme cuenta estaba montado en un coche de choque esperando a que sonara la bocina para disfrutar de los tres euros mejor invertidos desde que me saqué esa muela del juicio en la barbería.

Lo primero que me llamó la atención de mi vehículo elécrico, aparte de que era la niña quien iba a conducir y yo solo "acompañarla para que no se haga daño", fue su minúsculo tamaño. Quizás se debiera a que la última vez que monté era solo un crio, pero no encontraba un lugar para meter las piernas donde no quedaran peligrosamente expuestas a rozaduras, golpes o electrocuciones. La niña estaba bien sentada y protegida, eso sí, por lo que dejé mi seguridad en un segundo plano. Cuando el trasto se puso en marcha, me arrepentí.

De pronto lo que parecía una apacible pista lisa y sin obstáculos se convirtió en un infierno de cochecitos conducidos por adolescentes y adolescentas ávidos de morir matando. Los golpes laterales me daban con la rodilla contra el volante, los traseros con los riñones contra el asiento y los delanteros eran un cocktail de dolor. Además, había ciertos peligros adicionales, como mi cabeza a un palmo de la red elecrtificada de la parte superior, de la que salían chispas que me caían detrás de la oreja y otro que no percibí hasta que no llevaba un rato dando vueltas por ahí: Tetas.

A mi alrededor se movían decenas de cuerpos jóvenes de pieles tersas y dientes blancos que reían y disfrutaban con el juego y ellas, ataviadas con tops y camisetas ligeras debido al calor asfixiante, rebotaban con cada golpe en ondulaciones hipnóticas de senos recién estrenados. Y así al dolor físico se sumó otro mucho más desgarrador como es el de la desubicación espaciotemporal causada por sus miradas que decían "¿Qué hace aquí este señor con barba?" y yo pensando "Seguro que se creen que me he dejado patillas para parecerme a Lobezno y molar cuando lo que quiero es ser como Isaac Aasimov y molar menos todavía". Y así veía como las risas se desvanecían cuando era yo quien producía el choque y lentamente el ambiente festivo se convertía en un oscuro y lúgubre funeral. El mio.

Hasta que la bocina sonó, los coches se pararon y todos los ocupantes regresamos a nuestros repectivos puestos en la sociedad: Los jóvenes a sus vidas despreocupadas llenas de risas, sentimientos recién descubiertos y tensiones sexuales y yo, cojeando y lleno de moratones junto a los mios para seguir con esta vida tan plena y productiva.
"¿Subimos otra vez?" me dice la niña emocionada. "Otro día, pequeña. Creo que no he sobrevivido a este viaje".

lunes, 22 de mayo de 2017

Los santos fojones (el esperado final)

La harley negra como la noche del Motorista Ninja aterrizó suavemente sobre el ombligo de uno de los monjes malvados, el cual se sintió repentinamente incómodo y dejó escapar un quejido de indignación. La Madre miró al recién llegado con sorpresa y se sorprendió aún más al comprobar que el individuo, además de ser capaz de conducir su moto con la mente para así poder esgrimir un arma en cada mano, esgrimía un arma en cada mano. En la derecha llevaba el ninja-to, una espada similar a una katana pero mas corta y de filo recto; en la izquierda manejaba con destreza una kusarigama, que vendría a ser como una pequeña hacha unida a una cadena con un contrapeso en el otro extremo. Con un derrapaje se situó junto a ella y le dijo algo así como “¿Tienes problemas, muñeca?” frase que a pesar de lo cutre, causó un efecto desbraguerizador en La Madre, la cual, por supuesto, no sabía que debajo de la máscara de ese motorista misterioso se escondía su marido, y compartía tal ignorancia con él, el cual pensaba que su mujer estaba de viaje de negocios y por ello había aprovechado para dejar a su hijo solo en casa y salir a patrullar la ciudad para acabar con el mal*. Pero los monjes no estaban dispuestos a dejar que esos dos fantoches les arruinaran el negocio y, gritando al unísono, se lanzaron al ataque.
Tres monjes emplearon el ataque aéreo, enganchando sus bufandas en numerosos apéndices de estatuas que adornaban el lugar, mientras que tres más atacaron desde el suelo, lo que viene siendo normal. Los tres restantes optaron por una táctica de desaparición para posterior ataque por sorpresa por la espalda, cosa harto habitual en este tipo de contiendas.
La Madre aprovechó el balanceo del primer monje para esquivarlo con un salto y aferrarse a su bufanda, posición clave para patearle la cabeza antes de soltarse y evitar el ataque de los otros dos. El Motorista Ninja, también conocido como El Padre, optó por la escasamente sutil técnica de enganchar a un monje por el cuello con su arma de cadena y estrellarlo contra otro mientras despachaba al tercero con la espada. Los tres monjes que se mantenían ocultos saltaron sobre él propinándole toda clase de golpes y otros gestos de enemistad mientras la madre pelaba en ligera desventaja contra sus otros dos rivales en los aires, en lo que parecía una actuación del Circo del Sol.
Viéndose superado, El Padre utilizó sus poderes ninja para dirigir su moto hacia la mesa donde estaban tejiendo los monjes antes del ataque, haciéndola volcar y desparramando el aceite de los candiles por las telas todavía sin hilar. En cuestión de segundos, un terrible incendio comenzó a devorar el lugar, lo cual hizo que los monjes dejaran a sus enemigos para correr a sofocar las llamas.
-Ésta es nuestra oportunidad de escapar -dijo el Motorista a la Madre.
-No puedo irme de aquí sin los cuadros -respondió ella.
-Olvidate de esos cuadros. ¿Qué cuadros?
-He venido aquí buscando unos cuadros que…
Pero la frase quedó interrumpida cuando el techo de la catedral se hundió repentinamente debido a que toda la estructura era de madera y toda la iluminación a base de aceite y además todo estaba lleno de bufandas colgadas por todos los sitios y no había un miserable extintor que pudiera evitar que aquello se convirtiera en un polvorín. Y así, en cuestión de segundos todos e vino abajo y se hizo el silencio.
Silencio que fue roto por el rugido característico del motor de una harley abriéndose paso con un ninja sobre ella el cual llevaba en brazos a una dama semiinconsciente. ¿Más épico? Pues también volaban palomas y la nube de humo formaba el símbolo de la hoz y el martillo y… y ya está bien de epicidad.
Los dos héroes, únicos supervivientes de la catástrofe se miraron a los ojos y sin decirse nada se besaron apasionadamente, sin saber que en realidad estaban besando a su respectiva pareja de veinte años de matrimonio. Porque ya se sabe que no hay nada como una misión suicida con final apoteósico para reavivar la llama de la pasión. Y así se despidieron, sin un adiós ni un hasta luego, pues ambos sabían que ese momento iba a durar para siempre.
Epílogo:
El niño volvió a casa después de unos días raros y se encontró a sus padres tirados en el sofá llenos de moratones y quemaduras. Por supuesto ambos intentaban disimular ya que no querían que el otro les hiciera preguntas incómodas y cada vez que algo les dolía fingían cantar o llamar a gritos al perro, que por cierto, no tenían.
-Hola papá, hola mamá, me voy a mi cuarto -fue todo lo que les dijo.
-Luego te llamo para la cena -dijo su madre-. Te he traído un regalito.
El niño suspiró y subió arrastrando los pies.

* si

sábado, 13 de mayo de 2017

De camioneros y alineamientos


Amigos, sé que lo que voy a escribir hoy me va a traer problemas en un futuro cercano (y también a medio y largo plazo), pero tengo que contarlo. Tengo que contarlo porque mi consciencia ya no puede más, mi moral se resquebraja y, porque no decirlo, soy un bocachancla y un chivato y si veo la oportunidad de hacerle daño a algien revelando un secreto de esos bien guardados por muchos, lo hago. Y ahí va mi historia.

Cuando era un chaval post adolescente de tan solo 28 años, "decidí" por "voluntad propia" y "sin ningún tipo de presión", sacarme el carné de camión. Como digo, fue una decisión personal de esas que se toman para intentar mejorar, llegar mas alto, ganar más dinero y poder hacer cosas que otras personas solo sueñan, como mirar el escote de las chicas desde otra perspectiva. Pero cual fue mi sorpresa al comprobar que además de los tres examenes de los que consta el susodicho carné (teórico, circuito cerrado y practico), había un cuarto examen secreto; un psicotécnico destinado a calcular el nivel de maldad del examinado. Tal psicotecnico dividía alos caminoeros en "del bien" o "del mal". A partir de ese momento los futuros camioneros fuimos separados en dos grupos e instruidos con las normas de circulación secretas. De este modo, los camioneros del mal deben cruzarse en las rotondas, no ceder el paso a nadie, tocar las bocinas delante de hospitales y silbar a las chcas por la calle. Los camioneros del bien, en contrapartida, deben ser cívivos (siempre dentro de las posibilidades) y, como no, combatir a los camioneros del mal.

A mi me tocó seguir el camino del bien, por lo que tengo la acreditación que me permite utilizar los lavabos mas limpios de las gasolineras, que los refritos de los bares de carretera no estén tan aceitosos y que las prostitutas se molesten en fingir orgasmos, entre otras ventajas menores. Los camioneros del mal, en cambio, aunue viven una vida mucho más dura en cuanto a servicios recibidos, tienen la satisfacción de poder hacer lo que les venga en gana y sentirse los reyes de la carretera.

Así que ya lo sabéis, queridos lectores. No sé si haber desvelado esto me va a dejar fuera de circulación (chiste malote), pero tenía que contarlo. Para advertiros a vosotros, oh abnegados seguidores de este blog que me habéis acompañado durante tantos años, de que tengáis cuidado con los camioneros malvados y que si alguna vez tenéis problemas en carretera, busquéis a uno de los buenos, el cual os ayudará sin dudarlo, aunque ello le cueste la ruta.

Y ahora viene lo decisivo: ¿Como diferenciarles? Muy fácil, ya que en las autoescuelas donde hacen los exámenes se preocupan de colocar pequeños tatuajes con el símbolo del bien (o del mal) en la base de los testículos de cada futuro chofer. Así que cuando os encontréis con un camionero, por rudo y malaspulgas que parezca, sólo tenéis que pedirle que os enseñe los huevos. Ya veréis qué bien. De nada.
El típico vehículo de camionero malvado.